Reseña de la novela Las noches en las que el cielo era de color naranja de Cristina Prada

 

Título: Las noches en las que el cielo era de color naranja

Autor: Cristina Prada

Editorial: Esencia

Número de páginas: 400 páginas

Año de publicación: Octubre, 2016

 

“No valió coraza ni tampoco los trece años que llevaba perdido. La vi y algo cambió. Yo cambié. Mi mundo quedó patas arriba desde la primera vez que oí su voz”

Cristina Prada

Sophie y Sarah son amigas desde la infancia, viven juntas en un piso de Manhattan y llevan una vida feliz. Con veintiséis años, Sophie trabaja como camarera en una cafetería para poder pagar sus gastos y el alquiler. Sueña con participar como ponente en unas jornadas sobre autores noveles en la Universidad de Columbia y con ver publicada su primera novela romántica.

Una mañana, de camino a Bryant Park, conoce a Reese Montolivo: el chico del millón de dólares, el hombre más impertinente y prepotente que se haya visto jamás, pero también el más sexi…

Las cosas no salen como Sophie esperaba. Finalmente, ni participará en la ponencia ni le publicarán su primera novela. Al verla desanimada, Sarah le propone un viaje a Kosovo. Allí vivirán grandes historias y encontrará la inspiración que necesita para escribir su nuevo libro.

En el aeropuerto de Kosovo les espera una sorpresa. El mismísimo Reese Montolivo aparece para recogerlas. Malhumorado e impertinente, se diría que la sola presencia de las chicas le incomoda.

Pasan los días. La relación entre Reese y Sophie evoluciona junto a los personajes secundarios que desempeñan un importante papel en el desarrollo de la trama: Sarah, Owen, Milo y Matt. Todos ellos comparten historias que se entrecruzan atrapando la atención del lector desde el inicio hasta el desenlace.

Reese encarna el prototipo de hombre atractivo y dominante. Duro a la par que protector. Las circunstancias de la vida le hacen ser rudo en el sexo y parco en palabras. Le cuesta expresar sus sentimientos, pero puede ser tierno y temeroso ante la pérdida. Se trata de un joven en cuyo corazón anidan sentimientos que conviven en franca contradicción.

Cristina Prada ha creado un relato humano y visible. Sus acertadas descripciones nos acercan a la ciudad de Manhattan. No faltan en el texto humor, ternura y calidez. De forma acertada, la autora recrea el romance con la historia de Milo y las vidas de las mujeres que conviven en el centro de acogida como telón de fondo.  Cristina consigue que te instales en la narración y que disfrutes de su novela desde el inicio hasta el desenlace. Las lectoras amantes del género disfrutarán de Las noches en las que el cielo era de color naranja. Cristina ha vuelto a conseguirlo. Tras la lectura, nos hemos quedado con ganas de más.

Sobre el trasfondo

«Aquí siempre hemos vivido juntos: católicos, ortodoxos, musulmanes. Los problemas llegaron cuando lo hicieron los fanáticos y el mayor hijo de puta de todos se hizo con el poder.

Su voz está llena de rabia y, sobre todo, de un cristalino dolor. Él tenía una vida aquí, antes de 1991, antes de que las bombas tiñeran los cielos de color naranja, y ahora no tiene más que pedazos que sólo le sirven para recordar todo lo que ha perdido.»

«Lo último que necesitan aquí es ver a otra mujer llorando –me dice otra vez con toda esa rabia ensordecedora, con todo ese dolor-. No necesitan tu lástima, necesitan tu consuelo y, sobre todo, tu respeto, y, créeme, son tres cosas muy diferentes. Así que deja de llorar y recomponte. Tenemos mucho trabajo que hacer.

Me sorbo los mocos, aprieto los dientes y asiento.

Se acabaron las lágrimas, Silver. […]»

«Los serbios mataron a mi mujer y a mi hija, y los odio por eso –confiesa con la mirada clavada en la ventana, con todas las emociones vibrando en su voz, sintiendo un cristalino dolor a cada palabra que pronuncia-. Tenía tanta rabia dentro que entré en el Ejército de Liberación de Kosovo y me odio a mí mismo por eso. Matamos a inocentes con la excusa de que estábamos liberando a nuestro pueblo. –Su arrepentimiento es duro, cortante, sordo-. En la guerra no hay culpables, tampoco vencedores. Sólo dolor, y con eso, al final no gana nadie. […]»

«¡Han matado a una familia entera!

De pronto todo parece quedarse en el más absoluto silencio. Reese está triste, dolido, furioso, decepcionado.

―Había dos críos, joder –continúa casi desesperado, pasándose las manos por el pelo-. Los paramilitares serbios los sacaron de su casa y los mataron delante de una patrulla de reconocimiento de Cascos Azules que no pudo hacer nada por evitarlo por no estar autorizada –sentencia con un odio y una rabia atronadores.

―Reese, siento que hayas tenido que verlo y lo siento por esa familia. ¿Crees que no me gustaría poder hacer algo?

―¡Pues hacedlo, joder!»

En fragmentos como estos, Cristina nos acerca a la brutalidad de la guerra de los Balcanes. Lo hace a través de la mirada de los personajes protagonistas. De forma sutil, nos acerca a los horrores de este conflicto armado. Menos mal que, entre tanto horror, la autora encuentra un lugar en el que cabe un final feliz.

¡Gracias, Cristina!

Recomendación

He disfrutado con la novela, así que os la recomiendo. Durante la lectura, he conocido diferentes lugares, he reído con Sarah y con Sophie, me he emocionado con la historia de Milo… Me ha molestado lo borde que Reese es con Sophie, pero, así es el personaje, así hay que aceptarlo porque en el universo de ficción generado, Reese vive. Y que viva y nos cause determinadas impresiones es mérito indiscutible de la autora.

Me queda pendiente: escuchar la lista de temas musicales que han envuelto algunas de las escenas de la novela. Tras la lectura, tengo claro el motivo por el que Cristina es considerada como una de las autoras más importantes del género.

La autora

Cristina Prada tiene treinta y dos años y vive en San Fernando, una pequeña localidad costera de Cádiz. Casada y con un hijo, siempre ha sentido una especial predilección por la novela romántica. En la trilogía «Todas las canciones de amor» convergen tres de sus grandes pasiones: la escritura, la literatura romántica y la música. La serie Manhattan Sexy la ha consagrado como una de las autoras más importantes del género.

MANHATTAN SEXY LOVE (spoiler)

«Llamo a la puerta impaciente. Colin no tarda en abrirme. Al verme completamente empapada, su expresión cambia en décimas de segundo y otra vez tengo la sensación de que todo su cuerpo se pone en guardia.
—¿Estás bien? —pregunta con la voz endurecida, pero, sobre todo, cargada de urgencia.
Yo frunzo el ceño. ¡Claro que no lo estoy! Y no entiendo por qué lo pregunta. ¿A él qué le importa? Ya dejó bastante claro cuánto significo para él.
—Dime si estás bien —me ordena un poco más acelerado, un poco más inquieto.
—¿Y a ti qué te importa?
—¡Contéstame!
—¡No lo estoy!
Los dos sonamos desesperados y al borde de un límite lleno de demasiado dolor. Nos miramos en silencio, desafiándonos, y yo empiezo a dudar de que la distancia que ha marcado entre los dos sea lo que realmente quiere.
Colin me agarra brusco de la muñeca y tira de mí. Mis tacones repiquetean contra al parqué frente al silencio de sus pies descalzos. Me obliga a entrar en su piso y cierra a mi espalda.
—Hoy tenía una reunión. Tenía un plan para salvar Cunningham Media y a Henry; todo lo que tenía que hacer era traicionarte y no he sido capaz. He dejado que todo por lo que he luchado se vaya al diablo por ti y tú ni siquiera soportas tenerme cerca —sentencio con rabia.
Y no entiendo por qué no puedo dejar de quererte, por qué no puedo olvidarme de ti.
La mirada de Colin se transforma y por un momento no soy capaz de leer en ella. Si le duele, no me importa. Si está furioso, no me importa, porque yo lo estoy mucho más. ¡Henry va a perderlo todo!
—Al final he acabado convirtiéndome en la tonta enamorada y tú te has cansado de mí —añado con todo lo que siento inundado mi voz.
—Yo no me he cansado de ti —sisea.
—Claro que sí, porque tú eres así —replico con desdén—Lo más triste de todo —mi voz se entrecorta. Siento tanta rabia dentro, tanta impotencia—, lo que más me enfada, es que pensaba que lo que teníamos era diferente.
Una lágrima cae por mi mejilla, pero me la seco rápidamente. No quiero que me vea llorar. Eso también se acabó.
—Era diferente —replica manteniéndome la mirada, haciendo énfasis en cada letra.
—No —musito.
—Joder, claro que sí —ruge.
—Y, entonces, ¿por qué todo ha tenido que acabar así? —pregunto dolida, exasperada.
—¡Porque tú lo quisiste! —grita sintiendo lo mismo.
—¡Yo nunca te pedí que me echaras de tu vida! ¡Ni que te comportaras como un auténtico cabrón conmigo! ¿Por qué no has dejado que al menos fuésemos amigos?
—¡Porque no me vale con eso!
Sus palabras nos silencian a ambos porque dicen mucho más. A mí tampoco me vale con eso, pero la alternativa duele demasiado.
—Colin —murmuro sin saber cómo continuar.
—Quiero volverte completamente loca —me interrumpe dando un paso hacia mí, quedándose muy cerca—. Quiero que sólo puedas pensar en mí, en esto, en lo que solo yo puedo darte. Quiero que no puedas trabajar, dormir. Quiero que, cada vez que puedas coger aire y respirar, sea un gemido y me pertenezca a mí. Y, si tú no quieres lo mismo, sal de aquí, porque no voy a darte nada.»

 

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