Cuando afrontamos la escritura de un relato o el capítulo de una novela, muchas veces nos dejamos llevar. En nuestra mente circulan personajes que actúan, dialogan, se emocionan, recuerdan… Nosotros acostumbramos a explicar al lector lo que sucede en nuestra mente y nuestros personajes… se enojan. No nos damos cuenta, pero nos recriminan: ¿Por qué le explicas lo que hago? ¿Acaso no está mirando? Déjalo que vea…

Cuando vamos al teatro, nadie nos cuenta qué hacen los personajes en el escenario. Nos acomodamos en nuestra butaca a contemplar lo que ocurre en escena. Como autor, ese es tu papel. Colocar a tus lectores ante el escenario y explicarles lo que acontece solo cuando sea necesario para que comprendan qué está ocurriendo. Si no lo es, hazte a un lado y permítele disfrutar de lo que sucede ante sus ojos.

Es fácil decirlo, ¿verdad? Lo cierto es que no es tan difícil; hay que trabajar con intención. Algo de teoría y un ejemplo ayudan bastante. Voy a construir una escena. Lo haré paso a paso para que comprendas cómo voy trabajando.

 

Antes de escribir, una sesión de sofá y café

 

Antes de comenzar a escribir, he pensado bien lo que te voy a contar. No es trampa, es un ejercicio necesario para que el proceso de composición se realize con la debida intención. Esta es la idea que me ha venido a la mente:

 

Una mujer joven está a punto de representar su primera obra teatral. Entre bambalinas, comtempla a su hija pequeña y a su pareja: ambos permanecen sentados entre el público.

 

Esta es la situación de partida. En el sofá y con mi café, esta escena se ha desarrollado decenas de veces en mi mente. La he contemplado, como espectadora, desde las butacas de la última fila, desde la primera… Me he situado junto a la niña y su padrastro para contemplar la escena desde su punto de vista, intentando ponerme en su  piel, escuchando su conversación, mirando en sus mochilas, atrapando sus olores, anotando lo que cuentan sus miradas

 

Después, me he subido al escenario. He sido testigo mudo de lo que ocurre tras los cortinajes. De los miedos que comparten los actores. Me he acercado a los personajes, he penetrado en su mente y me he apoderado de sus pensamientos. Soy, por esta vez, omnisciente…

 

Mi mente ha volado junto a la protagonista, que ha descubierto a su familia entre el público. Acerco y alejo el foco para mostrar al lector lo que sucede desde planos distintos.

 

También he ubicado la escena en distintos ambientes. He visto un teatro clásico: mucho oro y mucho rojo. Una gran araña ilumina imponente la sala. También he situado a mis personajes en un escenario sencillo, en un auditorio de casal de barrio, madera de roble, sobriedad, minimalismo y mucho arte. Me he decidido por el oropel porque la protagonista me lo estaba pidiendo a gritos. Ponto entenderás por qué.

 

Miro de nuevo y veo mucho ambientillo, muchas ganas e ilusión mal reprimida entre los actores; entre el público, también. Conversaciones, risas, cacahuetes… «¿Quieres una galleta?» «No, que ya empieza…» Los susurros y los trajes de estar por casa han pasado por mi mente, pero el ambiente festivo ha ganado la partida.

 

Ante la hoja en blanco… ¡acción!

 

Empiezo a escribir. Tengo en mente los componentes esenciales de la escena para combinarlos de forma efectiva: acción, pausa, sumario y elipsis.

 

 Acción

La acción sitúa a los personajes en un tiempo y espacio específicos. El autor escenifica ante el lector lo que sucede aquí y ahora, en el presente del relato. Como narradora, me hago a un lado y muestro a los personajes mientras actúan. Permito al lector que escuche sus conversaciones y le muestro lo que sucede:

 

Sobre el escenario, dos mujeres jóvenes coinciden minutos antes de la representación. Podrían ser Maria Antonieta o Madame Pompadour conversando en los salones de un gran palacio barroco. Elena se acerca a Pilar. No le dice nada. No sabe qué decirle, así que, simplemente, la abraza. Pilar se deja querer, se acurruca en los brazos de su mejor amiga sin hablar.

  ―!Au! Pilar se queja. Se le ha enganchado un pendiente en el vestido. Diamantes que heredó de su madre.

  Aqui está. No te preocupes, lo tengo. Póntelo. ¿Te ayudo?

Pilar duda un momento. Se quita el otro pendiente y los deja caer en las manos de su amiga.

   ―No me hagas esto…

Pilar agarra las manos de Elena entre las suyas, las besa y las cierra. Los diamantes queman la piel de las dos.

   Te quiero mucho. Mucho. Gracias por todo. Gracias…

   Elena no puede responder. Emocionada, corre al vestuario.

 

Como ves, he situado al lector ante la escena. Intento atrapar su atención creando tensión entre los dos personajes. Centrándome en ellos. Quiero que, para empezar, el lector reciba la impresión de que se trata de un momento relevante en sus vidas. No hay adornos, solo una realidad cruda que se intuye. Ahora, voy a introducir en la escena un nuevo componente: la pausa.

 

 Pausa

Tras un momento tenso, he decidido introducir una pausa. En la pausa, el narrador aprovecha para proporcionar datos que permitan al lector instalarse en el relato. Puede ser información sobre espacios y ambientes, descripciones… Es un recurso que posibilita la creación de atmósfera, configura el espacio psicológico, aporta densidad al relato, envuelve a los personajes y permite situar al lector en un tiempo específico.

 

La información que se presenta ante el lector no explica ni muestra ni aporta datos que permitan comprender lo que sucede. No impulsa la narración hacia delante. La detiene. Veamos cómo vamos configurando nuestra escena con esta nueva información.

 

       Faltan quince minutos. Alguien comenta que llueve, que llueve a mares.  Marzo ha llegado húmedo y frío. El Gran Teatre del Liceu se viste de fiesta. De lujo. Hace calor. A pesar de que es lunes y de que son las cuatro, los espectadores visten de domingo. Todos están allí, todos lo que importan. Incluso la tía Pepita. Y mira que nunca se han llevado bien. Mucha mierda…

       Tras los cortinajes, se escuchan risas y mucho alboroto; la orquesta, bajo el escenario, deja caer algunos compases de su versión favorita del Invierno de Vivaldi. La primera violinista la interpretará para ella después de la representación. Solo para ella. No se puede pedir más.

 

Vale, ya tienes los datos que necesitas para situarte. Te he proporcionado un espacio y un tiempo específicos, cierta ambientación y una situación de partida que, espero, despierte tu interés, que genera incertidumbre y cierto grado de intriga. ¿He captado tu atención? Espero que sí. Sigamos.

 

Ahora voy a incorporar un nuevo componente a la escena. El sumario. El sumario es el espacio del recuerdo, de los viajes al pasado (o al futuro), es el espacio que el narrador emplea para presentar información que impulse la narración hacia delante. Es el momento de compartir con el lector algún dato que le permita comprender lo que sucede en el escenario.

 

Importante. Cuando recurras a la pausa o al sumario, no permanezcas demasiado tiempo alejado del presente de la narración. Cuando hayas dejado caer ese dato relevante, ese que resulta imprescindible para entender lo que sucede, regresa a la escena y vuelve a mostrar a los personajes en acción. Vamos al sumario.

 

Sumario

La representación estaba prevista para el viernes por la noche, pero Pilar había sabido que debía someterse a una intervención urgente y habían decidido adelantarla. Todavía no se lo había dicho a nadie, solo Elena sabía que no pensaba operarse. No tenía sentido prolongar lo que estaba por venir. Estaba preparada para irse. Su familia, su marido tendrían que aceptarlo…

 

Ahora comprendemos la razón del abrazo emocionado de ambas amigas, la importancia del regalo realizado. El grado de intensidad del momento compartido. La lluvia, el frío contribuyen a crear una atmosfera que evoca melancolía.

 

Ha llegado el momento de regresar a la acción en escena. Recupero la situación inicial y sigo mostrando al lector lo que sucede…  Avanzo un poco más, siempre hacia delante:

 

Dos minutos después, Elena aparece de nuevo en el escenario, ya más tranquila. Pilar separa los cortinajes sin percatarse de la presencia de su amiga. En la segunda fila, su hija Julia charla con Juan. Se la ve animada, inquieta. Qué sucios lleva los zapatos. Los dos rebuscan algo en la mochila de la niña. «Vale, te has acordado del Petit Suisse. De fresa, como a ella le gusta. Y va bien abrigada.  Las coletas, perfectas.

 

»Nadie diría que hace dos años que la conoces. Te la has ganado a golpe  de cuentos improvisados, de pupas curadas con mimo, de tardes eternas en el parque y de abrazos. Compañero, te la has metido en el bolsillo. Se nota que te quiere. Cuando viajas a Madrid no hace más que preguntar cuándo vas a volver. Se nota que la quieres. El cariño que pones cuando le limpias los mocos, cuando le preparas el cola-cao, cuando la riñes porque no hay manera de que ordene el cuarto, cuando te preocupas por sus deberes, cuando compartes las palomitas y rebuscas en la mochila como ahora… Estoy en paz; me siento feliz porque sé que estaréis bien».

 

Hemos terminado. Comenzamos situando a dos amigas emocionadas a punto de interpretar una función, la primera y la última para la protagonista de la historia (acción). El día frío, lluvioso, contribuye a crear una atmósfera melancólica (pausa). Hemos sabido que la representación se ha adelantado porque el personaje principal se somete a una intervención importante. También hemos sabido que la operación no se realizará: Pilar ha tomado una decisión crucial (sumario) De nuevo en escena, la protagonista contempla, entre bambalinas, a Juan, su pareja y a su hija. Observándolos, comprende que se aman y que el amor los ayudará a superar la pérdida (acción).

 

Este sería el momento de poner punto final a nuestra escena. Para proporcionar sensación de continuidad, concluiré el relato recurriendo a la elipsis. La elipsis nos permite viajar al futuro para mostrar qué ocurrió con la vida de los personajes que hemos acompañado durante unos momentos. Podemos avanzar diez minutos o diez años, así, de un plumazo. A veces, resultará conveniente que señalemos el espacio transcurrido dejando una separación entre párrafos. En otras ocasiones, no resultará necesario. En este caso, recurrimos a la elipsis para construir el inicio de una nueva escena que enlazaría con el texto anterior, proporcionando al relato un sentido completo.

Elipsis

 

No deja de llover. En casa se está bien, no hace frío. Julia abre la ventana de la habitación del matrimonio. Solo un dedito. Sabe que a su madre le relaja el sonido de la lluvia repiqueteando en los cristales. La incipiente penumbra le recuerda que la noche está al caer. El invierno de Vivaldi y el olor a chocolate irrumpen con fuerza desde el piso de abajo.

       La nena se acerca a su madre, que permanece semiinconsciente tumbada en la cama. Es consciente de que el telón está a punto de caer. Le sube la colcha, mullida, hasta la barbilla y la besa en la frente. Juan entra en la habitación. Julia no ve las ojeras, los hombros caídos, las manchas de café en el jersey.

   ―Papa, ¿está bien? ―Susurra.

  ―Sí, está bien, mi amor. ¿No ves cómo sonríe?

 

Y así concluyen dos escenas de una novela que jamás escribiré. Como ves, combinando acción, pausa, sumario y elipsis conseguimos una escena que tiene, en sí misma, su propio inicio, su nudo y su desenlace. Puedes variar el orden de los componentes como prefieras y combinarlos según tus necesidades.

 

Ahora te toca a ti. Me gustaría que construyeras una visión alternativa a esta que propongo, a partir de la escena inicial y los mismos personajes. ¿Te atreves? ¡Claro que sí! Si tienes dudas, pregunta. ¡No te cortes! Esperamos tus comentarios.

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