De una vez por todas y para siempre

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No acostumbro a reflexionar sobre el mundillo de la escritura. Cuando pienso en un artículo para la revista, sin saber bien cómo, siempre acabo escribiendo sobre técnicas narrativas.

Imagino que esto se debe a que mi experiencia como estudiante de narrativa fue bastante traumática. Pasé alrededor de ocho años en escuelas y talleres diversos. Durante los primeros años, formé parte de distintos grupos de creación literaria, de aquellos en los que escribes un texto que los demás comentan con pasión y sin piedad.

Al principio disfrutaba intercambiando basurilla con mis compañeros de taller. Tras dos años de intensa dedicación, dejé de pasarlo bien. Las críticas mordaces, escasamente constructivas, no me permitían avanzar. Y no sabía si es que carecía de talento o, simplemente, que no me estaba formando como debiera.

Evidentemente, se trataba de lo segundo. Abandoné la escritura caótica y me ceñí el corsé del aprendizaje técnico. Y, en mi caso, funcionó.  Imagino que, por este motivo, siempre insisto en la importancia de la narrativa, como objeto de estudio, y escribo machaconamente sobre ello.

Hoy pensaba dedicar este artículo a la novela policíaca, porque, en Barcelona, durante esta semana estaremos inmersos en el noir: quería presentaros algunas novedades y repasar algunas técnicas, pero no encontraba nada distinto a lo que escribí el año pasado, así que estaba empezando a desesperar cuando me topé con un artículo revelador sobre el oficio de escritor (¡Uy!, un pareado…). Te aconsejo que lo leas, porque, en ocasiones, resulta necesario pararse y pensar sobre la profesión para entender en qué punto estamos. Lo firma Guillem López: reproduzco un fragmento para despertar vuestro apetito literario…

«Veo cómo se transforma el talento en objeto de producción y consumo, cómo se les empaqueta (a los autores) y empuja a un ritmo desenfrenado que nada tiene que ver con la creación artística y literaria, y pienso: oye, tengo cuenta activa en cuatro redes sociales y web personal, soy uno más. Tres días sin publicar un tuit, piensa algo, trolea a Soto Ivars aunque sea. ¡Haz un meme! ¡Conecta con tus lectores más jóvenes! Braceas como quien intenta escapar de las arenas movedizas y en realidad te hundes más y más. Joder, me siento como el puto Virgilio haciendo de guía turístico para vosotros. ¿Qué terrible pecado cometieron estos pobres diablos, oh, Virgilio? Son los del #NaNoWriMo. Lo siento, de verdad, no es personal. Pensad que esto de escribir es otra cosa. Que no es una profesión ni un hobby ni nada de eso. Es una enfermedad mental no catalogada y la locura es libertad, los locos pueden hacer lo que les venga en gana. Rómpelo todo, romper es divertido. Que no pasa nada si no puedes definirte o no escribes hoy o mañana o publicas cada tres años y no sales en la última puta antología con lo mejor de la generación que marcará una época. Que llevas tres páginas escritas y ya sientes que la industria editorial es una mierda controlada por señores de derechas que no te comprenden y te han dado la espalda. Que te quedan cuarenta o cincuenta años de tuitear y postear tus mierdas a diestro y siniestro antes de morirte y que todo el mundo te olvide. Echa el freno. Para un momento y pregúntate: «¿Esto va a ser siempre así?».

Yo también me lo pregunto. Y es posible que tú también lo hagas. Guillem López en su artículo Cómo dejar de ser escritor de una vez por todas y para siempre nos proporciona un punto de vista fresco, audaz, irónico y divertido sobre la locura de ejercer esta profesión de locos en los tiempos que corren.

¡Disfrútalo!

¿Y tú? ¿Cómo ves, tú, el futuro del oficio?

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