# La Negra se queda

El auge de la novela negra en España es un hecho. Que los lectores piden más muertos, más detectives y más fantasmas del pasado se refleja en las librerías de nuestro país, en los estantes de libros recomendados, en los premios que consagran a nuevas promesas del género… Joël Dicker, Carmen Mola, Pierre Lemaître, Marta Sanz, Jo Nesbo, Dolores Redondo o Camilla Lackberg atestiguan el éxito que está cosechando el género tanto en el panorama internacional como en el nacional.

 

Si bien esta breve lista de escritores mezcla nombres de la narrativa en castellano con la nórdica o la francesa y autores superventas con autores de trayectoria más apegada a la calidad, todos se benefician de lo mismo: los lectores quieren disfrutar de la intriga y el morbo que ellos crean en sus obras.

 

¿Cuáles son, entonces, las tendencias que dominan el mercado actual? Bueno, no es una pregunta sencilla. Yo diría que reciclaje: los textos que conquistan lectores hoy beben, indudablemente, de aquellos que conquistaban lectores ayer. Agatha Christie, Raymond Chandler o Patricia Highsmith están presentes en las novelas de hoy; sus técnicas son aplicadas (con mayor o menor acierto) por novelistas del siglo XXI, y estos (con mayor o menor acierto) recogen los elementos que creen que funcionarán.

 

A simple vista, sencillo, pero en realidad conlleva decisiones tomadas a ciegas y, como consecuencia, pueden catapultarte a la fama o catalogarte como epígono de. Tomemos un ejemplo: Marta Sanz y su trilogía del detective homosexual Arturo Zarco, en concreto, pequeñas mujeres rojas, la obra de la autora que mejor marketing ha tenido en Anagrama. Esta novela nos traslada a la posguerra, a las cunetas, a los marginados, a las familias destrozadas, al silencio… en definitiva, a la novela política de izquierdas (de justicia necesaria, muchos argumentarían).

 

Marta funde con maestría una reivindicación camuflada, una verdad silente, apagada y mancillada con la búsqueda de un detective. Pero no se queda ahí: dota al detective de una subjetividad de la novela de personajes y, con gran equilibrio, nos hace presos de una trama psicológica al mismo tiempo que nos engancha a una trama de argumento.

 

Si buscamos una lectura representativa del género, en la que el elemento thriller presida cada palabra, acudamos a Carmen Mola (o a quien haya detrás), el último fenómeno de la novela negra en España. Autora superventas, se ha consagrado como una de las voces más leídas de finales de la década y promete pisar fuerte en la próxima. Su trilogía (La novia gitana, La red púrpura y La nena) goza de una campaña de marketing difícilmente mejorable, tanto que se la compara con la ya consagrada Elena Ferrante por su insistencia en el anonimato. Desde el punto de vista de una editorial, suena más a imagen comercial, pero sea como fuere, su éxito es innegable. La autora juega con lo macabro, lo escabroso y con aquello que no deseas pero que puede suceder en la vida cotidiana. Con dicha mezcla, se ha convertido en la mejor apuesta de Alfaguara.

 

En terreno francés, y sin duda ya internacional, se encuentran Pierre Lemaître y Joël Dicker. Ambos destacan por la cantidad de premios que les han lanzado a la fama. En el caso de Lemaître, que ha llegado hasta el Goncourt, el despliegue de novela negra es espectacular: Alex, Camille, Nos vemos allá arriba, Recursos inhumanos, Vestido de novia (este último título traducido mal adrede…). Sus textos muestran la obsesión humana por provocar daño, por la debilidad del yo y el poder de la pulsión de muerte en la realidad de los personajes, cuya vida cambia por completo ante un extraño incidente o una serie de olvidos, una señal mal entendida… Lemaître es concienzudo con las estructuras de sus novelas: le da tanta importancia al miedo como se lo da a la organización, al detalle, al andamio que soporta la cúspide de su obra.

 

¿Y Joël Dicker? Escritor suizo, se dio a la fama muy temprano; con veinticinco años atesoró el Premio a los escritores de Ginebra por su novela Los últimos días de nuestros padres. El resto es historia moderna de la novela policiaca. En general, el argumento de sus obras (contémplese El enigma de la habitación 622 o La verdad sobre el caso Harry Quebert) se centra en la resolución fallida o el misterio de una investigación que bien podría resultar ser una trama más. Pero no, Joël logra conectar con su público gracias a su simplicidad: conjugando detalles del pasado con la incertidumbre del presente, prescinde de reflexión o complejidad en las ideas para dar aquello que se le pide. En este sentido podemos afirmar que se ciñe al género y al mercado actual.

 

No todo es reinventarse: a cada cual lo suyo. Notorios son los casos que repiten una estructura, emplean los mismos verbos de acción, los mismos sustantivos de misterio una y otra vez, sin cansar, por ahora, a su público. No hay ideas; no hay que cavar para encontrar el tesoro: el lector sabe que hay misterio y eso es lo que desea. Camilla Lackberg, aquí te encuadras tú, la escritora superventas, otro fenómeno editorial que ya ha echado raíces en España.

 

# La novela romántica retrocede

Para comprender  el estado de salud del género conviene ahondar en sus éxitos. La variedad del mismo tiene que ver más con las tendencias de dinámica social que con los elementos novelísticos. El género romántico siempre contará una historia de amor: siempre habrá una pareja feliz que se une tras superar una serie de dificultades (una tercera persona, una expareja, la muerte de un familiar, secretos revelados…). Lo interesante de la novela romántica, cuando está bien explotado, es el juego producido por las expectativas de un personaje y las circunstancias contextuales que definen una dinámica de roles, que construyen barreras de prejuicios, que alejan a los personajes y los hacen sentir algo más que amor y desamor.

 

Por ejemplo, tras el auge del movimiento queer, ha proliferado la novela cuyo hilo temático es el amor prohibido, el amor a escondidas, la mirada del otro… El personaje de la mujer independiente o el hombre sensible son ya arquetipos debido a las nuevas corrientes feministas y de psicología humanista que cada año ganan adeptos, especialmente en Estados Unidos.

 

Me arriesgaría a decir que hoy en día la novela romántica corre por detrás de la novela negra: los escritores de que la cultivan no han sabido reinventarse y han reproducido un modelo caduco durante demasiado tiempo. Por otro lado, la novela romántica se ha ido reubicando, poco a poco, en el género young adult o ficción juvenil (véase John Green, Rainbow Rowell…).

 

Podríamos hablar de la saga de Valeria, de Elísabet Benavent, que fue superventas hace unos años, o de la prolija Megan Maxwell. El panorama de finales de esta última década revela que el género está en declive; al menos lo está su concentración en manos de varios autores. Planeta, en su afán por controlar el mercado de este género, ha enfocado varios de sus premios a novelas con un fuerte elemento romántico: el Premio Primavera, el Premio Nadal o el Premio Planeta cada vez se aseguran más de que sus textos sean más sencillos e introduzcan elementos cliché para ganar cuota de mercado. Destacan aquí Ángeles Caso, Máximo Huerta o Mónica Carrillo, aunque cualquiera de su cartera valdría.

 

Claro que, las editoriales todavía no tienen tu proyecto. Si escribes novela romántica no te desanimes, crea personajes originales y sitúalos en escenarios peculiares. Innova, muestra tu visión del mundo en tus obras y, si además dominas el lenguaje como herramienta de creación, acabarás encontrando editor.

 

Y recuerda, el éxito estará asegurado si, además de romance, hay un crimen, un secuestro o un asesino en serie por medio.

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