TÉCNICAS NARRATIVAS: EL CUENTO – Escribir un cuento paso a paso

Julio Cortázar. Propiedades de un sillón.

En casa del Jacinto hay un sillón para morirse.

Cuando la gente se pone vieja, un día la invitan a sentarse en el sillón, que es un sillón como todos, pero con una estrella plateada en el centro del respaldo. La persona invitada suspira, mueve un poco las manos como si quisiera alejar la invitación y después va a sentarse en el sillón y se muere.

   Los chicos, siempre traviesos, se divierten en engañar a las visitas en ausencia de la madre, y las invitan a sentarse en el sillón. Como las visitas están enteradas, pero saben que de eso no se debe hablar, miran a los chicos con gran confusión y se excusan con palabras que nunca se emplean cuando se habla con los chicos, cosa que a éstos los regocija extraordinariamente. Al final las visitas se valen de cualquier pretexto para no sentarse, pero más tarde la madre se da cuenta de lo sucedido y a la hora de acostarse hay palizas terribles. No por eso escarmientan, de cuando en cuando consiguen engañar a alguna visita cándida y la hacen sentarse en el sillón. En esos casos los padres disimulan, pues temen que los vecinos lleguen a enterarse de las propiedades del sillón y vengan a pedirlo prestado para hacer sentar a una u otra persona de su familia o amistad. Entre tanto los chicos van creciendo y llega un día en que sin saber por qué dejan de interesarse por el sillón y las visitas. Más bien evitan entrar en la sala, hacen un rodeo por el patio, y los padres, que ya están muy viejos, cierran con llave la puerta de la sala y miran atentamente a sus hijos como queriendo leer-su-pensamiento. Los hijos desvían la mirada y dicen que ya es hora de comer o de acostarse. Por las mañanas el padre se levanta el primero y va siempre a mirar si la puerta de la sala sigue cerrada con llave, o si alguno de los hijos no ha abierto la puerta para que se vea el sillón desde el comedor, porque la estrellita de plata brilla hasta en la oscuridad y se la ve perfectamente desde cualquier parte del comedor.

Dorothy Parker: Una rubia imponente.

Hazel Morse era una mujer corpulenta, de cabello claro, del tipo que incita a algunos hombres, cuando usan la palabra «rubia», a chascar la lengua y menear la cabeza pícaramente. Se enorgullecía de sus pies pequeños y su vanidad le hacía sufrir, pues los encajaba en zapatos de punta roma y tacón alto, del número más pequeño posible.

Lo más curioso en ella eran las manos, extrañas terminaciones de los brazos fofos y blancos, salpicados de manchas de color canela claro, unas manos largas y temblorosas, de grandes uñas convexas. No debería haberlas desfigurado con pequeñas joyas.

No era una mujer dada a los recuerdos. A sus treinta y cinco años, su primera juventud era una secuencia borrosa y fluctuante, una película imperfecta que mostraba las acciones de unas personas desconocidas.

Su madre viuda murió tras una enfermedad muy larga, que la sumió en un letargo mental, cuando Hazel tenía veintitantos años, y poco después la joven consiguió empleo como modelo en un establecimiento mayorista de vestidos femeninos. Aún era la época de la mujer imponente, y por entonces ella tenía un color bonito, el cuerpo erguido y los pechos altos. Su trabajo no era fatigoso, conocía a muchos hombres y pasaba numerosas veladas con ellos, les reía las gracias y les decía cuánto le gustaban sus corbatas. Gustaba a los hombres, y ella daba por sentado que gustar a muchos hombres era algo deseable. La popularidad parecía valer el esfuerzo que era preciso hacer para lograrlo. Una gustaba a los hombres porque era divertida, y si les gustabas te invitaban a salir. Así pues, era divertida y tenía éxito. Era una mujer alegre y despreocupada, y a los hombres les gusta esa clase de mujer.

Ninguna otra clase de diversión, más sencilla o más complicada, le llamaba la atención. Nunca se preguntaba si no sería una ocupación mejor hacer alguna otra cosa. Sus ideas, o, mejor dicho, sus aceptaciones, eran exactamente las mismas que las otras rubias imponentes de las que era amiga.

Cuando llevaba varios años trabajando en el establecimiento de vestidos, conoció a Herbie Morse, un hombre delgado, vivaz, atractivo, de ojos castaños y brillantes y la costumbre de mordisquearse con saña la piel alrededor de las uñas. Bebía mucho, cosa que a ella le parecía divertida. Normalmente le saludaba con una alusión a su estado la noche anterior.

—Vaya trompa que llevabas —solía decirle riendo—. Cuando insistías en bailar con el camarero, creí que me moría.

Se gustaron nada más conocerse. A ella le divertían muchísimo sus frases rápidas y farfulladas, sus interpolaciones de frases apropiadas para vodeviles y tiras cómicas; le emocionaba la sensación del delgado brazo masculino firmemente colocado bajo la manga de su abrigo, y quería tocarle el cabello húmedo y liso. Él se sintió atraído de inmediato, y mes y medio después de conocerse se casaron.

Le encantaba la idea de ser una novia, coqueteaba, jugaba con ella. Había tenido otras ofertas matrimoniales, y no precisamente unas pocas, pero todas sin excepción procedían de hombres gruesos y serios que habían visitado el establecimiento mayorista como compradores, hombres de Des Moines, Houston, Chicago y, como ella decía, lugares todavía más chistosos. La idea de vivir en cualquier parte que no fuese Nueva York siempre le había parecido de una enorme comicidad. No podía considerar serias las proposiciones que significarían residir en el oeste.

Ella quería casarse. Se acercaba a la treintena y los años no le sentaban bien. Su cuerpo se ensanchaba y ablandaba, el cabello se le oscurecía y lo trataba con inexpertos toques de peróxido. Había momentos en los que experimentaba accesos de temor por su trabajo, y tras dos mil veladas siendo una mujer alegre y despreocupada entre sus conocidos masculinos, había llegado a ser más meticulosa que espontánea con aquella clase de relaciones.

Herbie ganaba bastante dinero, y alquilaron un pisito en una zona residencial, cuyo mobiliario era de estilo misional californiano, con una lámpara en forma de globo de cristal de color rojo oscuro colgada del centro del techo; en la sala de estar, que contenía demasiados muebles, había un helecho bostoniano y una reproducción de la Magdalena de Henner, cuyo cabello rojizo contrastaba con las colgaduras azules. El dormitorio estaba pintado con esmalte gris y rosa, y había una fotografía de Herbie sobre el tocador de Hazel y otra de ésta en el escritorio de Herbie.

Cocinaba —era una buena cocinera— e iba al mercado y charlaba con los chicos que hacían el reparto y la lavandera de color. Le gustaba el piso, le encantaba su vida, amaba a Herbie. Durante los primeros meses de su matrimonio le ofreció toda la pasión de que era capaz.

No se había dado cuenta de lo fatigada que estaba. Era una delicia, un nuevo juego, una fiesta dejar de ser una mujer alegre y despreocupada. Si le dolía la cabeza o le latían los empeines, se quejaba lastimeramente, como un bebé. Si estaba de talante taciturno, no hablaba; si las lágrimas acudían a sus ojos, las dejaba caer.

Durante el primer año de matrimonio adquirió el hábito de llorar con facilidad.

Incluso en su época de mujer alegre y despreocupada, de vez en cuando derramaba sus lágrimas desinteresada y pródigamente. Su conducta en el teatro era siempre motivo de regocijo. Cualquier cosa le hacía llorar: unas ropas demasiado pequeñas, el amor tanto no correspondido como mutuo, la seducción, la pureza, los servidores fieles, el matrimonio, el triángulo…

—Ahí va Hazel —decían sus amigos, al verla—. Ya vuelve a llorar a moco tendido.

Ya casada y relajada, vertía sus lágrimas sin reserva. Para ella, que había reído tanto, llorar era delicioso. Todas las penas se convertían en sus penas, ella era la ternura personificada. Lloraba larga y quedamente al leer en la prensa las noticias sobre bebés raptados, esposas abandonadas, hombres sin trabajo, gatos extraviados y perros heroicos. Incluso cuando no tenía el periódico delante, su mente giraba en torno a esas cosas, y las lágrimas se deslizaban rítmicamente por sus rollizas mejillas.

—¡Cuánta tristeza hay en el mundo cuando te paras a pensar en ello! —le decía a Herbie.

—Desde luego —respondía su marido.

No añoraba a nadie. Los viejos amigos, las mismas personas gracias a las cuales se habían conocido, habían desaparecido de sus vidas, al principio lentamente.

Cuando pensaba en todo esto, lo consideraba apropiado. Así era el matrimonio, la paz conyugal.

Lo cierto era que Herbie no se divertía.

Durante algún tiempo le había gustado estar a solas con ella. El aislamiento voluntario le parecía una dulce novedad, pero con una rapidez inesperada empezó a aburrirle. Fue como si una noche el hecho de estar juntos en la sala de estar caldeada con vapor fuese cuanto él podía desear, pero a la noche siguiente estuviera harto de todo aquello.

Los nebulosos accesos de melancolía de su mujer le incomodaban. Al principio, cuando al regresar a casa la encontraba ligeramente fatigada y malhumorada, la besaba en el cuello, le daba unas palmaditas en el hombro y le rogaba que le dijera a su Herbie qué le ocurría. A ella le encantaba ese trato. Pero el tiempo fue pasando, y él descubrió que aquel estado de ánimo no se debía a ningún motivo personal.

—Por el amor de Dios —decía—. Otra vez refunfuñando. Muy bien, sigue ahí sentada refunfuñando todo lo que quieras. Yo me voy.

Y salía del piso dando un portazo y regresaba tarde y bebido.

Ella estaba totalmente perpleja por lo que le sucedía a su matrimonio. Primero fueron amantes, y entonces —como si, al parecer, no hubiera transición— eran enemigos. Ella no podía comprenderlo.

Cada vez eran más largos los intervalos desde que su marido salía de la oficina hasta que llegaba a casa. Ella sufría imaginándole atropellado y sangrando, muerto y cubierto con una sábana. Luego perdía los temores por su seguridad, se volvía adusta y se sentía herida. Cuando alguien deseaba compañía, él estaba a punto de proporcionársela. Hazel quería desesperadamente estar con él; sus propias horas sólo marcaban el tiempo hasta que él llegara. A menudo él se presentaba a cenar casi a las nueve de la noche. Siempre había bebido más de la cuenta y los efectos se disipaban en casa, dejándole apestoso, irritado y con tendencia a proferir insultos.

Decía que pasarse la velada sentado sin hacer nada le ponía nervioso. Se jactaba, aunque probablemente no era del todo cierto, de que no había leído un libro en toda su vida.

—¿Qué puedo hacer en esta chabola, apoltronado durante toda la noche? —

preguntaba retóricamente. Y volvía a salir dando un portazo.

Ella no sabía qué hacer, no podía con él, era incapaz de hacerle frente.

Reñía furiosamente con él. Se había vuelto muy hogareña y defendía esa domesticidad con uñas y dientes. Quería tener lo que llamaba «un lindo hogar», quería un marido sobrio, tierno, que estuviera en casa a la hora de la cena y llegara puntual al trabajo. Quería unas veladas dulces y reconfortantes. La idea de intimar con otro hombre le parecía horrible, y pensar que Herbie pudiera solazarse con otras mujeres la ponía frenética. Tenía la impresión de que casi todo lo que leía —novelas tomadas en préstamo de la librería de la farmacia, relatos en las revistas, las páginas femeninas del periódico— trataba de esposas que habían perdido el amor de sus maridos. Sin embargo, los toleraba mejor que las historias de matrimonios impecables que vivían felices por siempre jamás.

Estaba asustada. En varias ocasiones, al regresar a casa por la noche, Herbie la había encontrado vestida para salir —tuvo que arreglar sus ropas, que ya no eran nuevas, para poder vestirlas— y pintada.

—¿Qué te parece si esta noche nos vamos de juerga? —le decía a modo de saludo

—. Ya tendremos tiempo de estar mano sobre mano cuando nos muramos.

Entonces salían e iban a restaurantes especializados en chuletas y a cabarets baratos. Pero estas salidas terminaban mal. A ella no le divertía ver cómo Herbie empinaba el codo, no podía reírse de sus extravagancias, se ponía tensa cada vez que él se propasaba y no podía dejar de regañarle.

—Vamos, Herb, ya has bebido bastante, ¿no crees? Por la mañana te sentirás muy mal.

Él se enfadaba. Gruñir, gruñir, gruñir: Hazel no sabía hacer otra cosa. ¡Qué poco divertida era! Hacían escenas y uno u otro se levantaba y se iba enfurecido.

No podía recordar el día en que ella empezó a beber. Nada cambió en la rutina de su vida. Los días eran como gotas de lluvia que se deslizan por el cristal de una ventana. Al cabo de seis meses de matrimonio, de un año, de tres años, un día era exactamente igual a otro.

Antes nunca había tenido necesidad de beber. Podía pasarse la mayor parte de la noche sentada entre personas que bebían copiosamente sin que su ánimo decayera o le hastiara lo que los demás hacían a su alrededor. Si tomaba un cóctel, causaba tanta sorpresa a los demás que hacían comentarios jocosos durante veinte minutos. Pero ahora estaba angustiada. Con frecuencia, después de una discusión, Herbie se pasaba la noche fuera de casa, y ella desconocía su paradero. Sentía una sofocante opresión en el pecho y su mente daba vueltas como un ventilador eléctrico.

Detestaba el sabor de los licores. La ginebra, sola o mezclada con otras bebidas, le provocaba náuseas. Tras probar diversos brebajes, descubrió que el whisky escocés era la mejor bebida para ella, y lo tomaba sin agua, porque así su efecto era más rápido. Herbie la incitaba, le alegraba verla beber. Ambos creían que el alcohol podría animar a Hazel y quizá volverían a pasarlo tan bien como antes.

—Qué chica —decía él, en tono de aprobación—. Vamos a ver si coges una buena trompa, pequeña.

Pero beber juntos no les acercaba más. Cuando Hazel bebía con él, la alegría sólo duraba un rato y luego, sin ningún motivo, lo que hacía todavía más extraño el brusco cambio, se enzarzaban en una violenta discusión. Por la mañana, al despertar, no estaban seguros de lo que había ocurrido, no recordaban lo que habían dicho y hecho, pero cada uno se sentía profundamente enojado y ofendido. Aquéllos fueron días de silencios vengativos.

Hubo un tiempo en el que compensaban sus peleas, normalmente en la cama, se besaban, se decían cosas tiernas y se aseguraban de que empezarían de nuevo… «Será estupendo, Herb. Supongo que estaba cansada y he sido una gruñona, pero verás como todo va a ir como una seda.»

Ahora ya no había tiernas reconciliaciones. Sólo reanudaban sus relaciones amistosas durante el breve período de generosidad propiciado por el alcohol, antes de que más alcohol les arrastrara a nuevas batallas. Las escenas se hicieron más violentas. Se insultaban a gritos, se daban empujones y a veces intercambiaban golpes. Una vez ella resultó con un ojo morado. Herbie se horrorizó cuando lo vio al día siguiente. No fue a trabajar, siguió a su mujer de un lado a otro, sugiriéndole remedios y culpándose de su brutalidad. Pero después de tomar unas copas —«para recobrar la armonía»— ella hizo unas referencias tan apesadumbradas a su ojo lesionado que él le gritó, se fue de casa y estuvo ausente un par de días.

Cada vez que se marchaba enfurecido, la amenazaba con no volver. Ella no le creía ni pensaba en la posibilidad de la separación. En algún lugar de su cabeza o su corazón anidaba la esperanza tenue, nebulosa, de que las cosas cambiarían y Herbie sentaría la cabeza de improviso, para llevar una sedante vida matrimonial. Allí estaba su hogar, sus muebles, su marido, su sitio. No veía ninguna alternativa.

Ya no podía ocuparse animadamente de fruslerías. Su llanto ya no era por Herbie, sino por ella misma. Recorría continuamente las habitaciones y sus pensamientos giraban sin cesar en torno a Herbie. En aquellos días empezó a experimentar el odio a su soledad que ya nunca la abandonaría. Podía estar sola cuando las cosas iban bien, pero cuando la tristeza se apoderaba de ella, la soledad era horrorosa.

Empezó a beber sola, primero a pequeños sorbos que iba tomando a lo largo del día. Sólo cuando estaba con Herbie el alcohol la ponía nerviosa y beligerante. En la soledad suavizaba las aristas de todo cuanto la hería. Vivía sumida en una bruma alcohólica, como en un sueño, y no había nada que pudiera asombrarla.

Una tal señora Martin ocupó el piso situado frente al suyo. Era una rubia corpulenta y cuarentona, y su aspecto era una muestra del que tendría la señora Morse en el futuro. Trabaron amistad y pronto se hicieron inseparables. Hazel Morse pasaba mucho tiempo en el piso de enfrente. Bebían juntas, para cobrar ánimo tras la resaca de las noches anteriores entregadas al alcohol.

Nunca confesaba sus problemas con Herbie a la señora Martin, pues era un tema que la azoraba demasiado para poder hablar del mismo con naturalidad. Daba a entender que el trabajo de su marido era el responsable de sus prolongadas ausencias.

Por otro lado, eso carecía de importancia: en el círculo de la señora Martin los maridos sólo tenían papeles simbólicos. Al esposo de la señora Martin jamás se le veía el pelo, y ella nunca despejaba la incógnita de si estaba vivo o muerto. Tenía un admirador, llamado Joe, que iba a verla casi todas las noches. A menudo se presentaba con varios amigos, a los que ella se refería como «los muchachos», hombres robustos, rubicundos y joviales, de entre cuarenta y cincuenta años. La señora Morse agradecía las invitaciones que le hacían para asistir a las fiestas, pues ahora Herbie casi nunca estaba en casa por la noche. Cuando sí estaba, Hazel no visitaba a la señora Martin. Una velada a solas con Herbie significaba inevitablemente una pelea, pero aun así se quedaba con él. Nunca abandonaba del todo la vaga esperanza de que tal vez aquella noche las cosas empezarían a arreglarse.

Los muchachos traían grandes cantidades de licor a casa de la señora Martin.

Cuando bebía con ellos, la señora Morse se animaba, recobraba el buen humor y se volvía audaz. No tardó en hacerse popular. Cuando había bebido lo suficiente para olvidar su pelea más reciente con Herbie, la aprobación de aquellos hombres la excitaba. ¿De modo que era una gruñona, una mujer atrozmente aburrida? Pues bien, allí había alguien que pensaba de otra manera.

Ed era uno de los muchachos. Vivía en Utica, donde, como habían informado a Hazel con admiración, tenía «su propio negocio», pero iba a Nueva York casi todas las semanas. Estaba casado. Enseñó a la señora Morse las fotos de sus hijos, y ella alabó a la pareja profusa y sinceramente. Los demás no tardaron en aceptar que Ed era su amigo particular.

Le prestaba dinero cuando todos jugaban al póquer, se sentaba a su lado y, de vez en cuando, le rozaba con la rodilla durante el juego. Hazel era bastante afortunada y con frecuencia regresaba a casa con un billete de diez o veinte dólares, o un puñado de arrugados billetes de a dólar. Estaba muy satisfecha de sus ganancias. Herbie era cada vez más cicatero y se enfadaba cuando ella le pedía dinero.

—¿Para qué diablos lo quieres? —le preguntaba—. ¿Para gastarlo en whisky?

—Procuro tener la casa medianamente decente —replicaba ella—. Nunca piensas en eso, ¿verdad? Ah, no, su señoría no puede molestarse por esas minucias.

Tampoco podía señalar el día concreto en que entraron en vigor los derechos de propiedad de Ed sobre ella. Adquirió la costumbre de besarla en la boca cuando llegaba y al despedirse, y le daba rápidos y breves besos de aprobación a lo largo de la velada. Ella no sólo no ponía reparos, sino que le gustaba, pero nunca pensaba en sus besos cuando no estaban juntos.

Ed deslizaba la mano lentamente por la espalda y los hombros de Hazel.

—Eres una rubia que corta el hipo —le decía—. Una muñeca.

Una tarde, al salir del piso de la señora Martin y entrar en el suyo, encontró a Herbie en el dormitorio. Había estado ausente varias noches, entregado con toda evidencia a una juerga prolongada. Tenía el rostro grisáceo, y las manos le temblaban como si las recorriera una corriente eléctrica. Sobre la cama había dos maletas viejas, abiertas y muy cargadas. Sólo la fotografía de Hazel seguía sobre el escritorio, y en el armario, abierto de par en par, sólo quedaban los colgadores.

—Me largo —le dijo—. Lo mando todo a paseo. Tengo un trabajo en Detroit.

Ella se sentó en el borde de la cama. La noche anterior había bebido mucho, y los cuatro whiskys que acababa de tomar con la señora Martin no habían hecho más que aumentar su confusión.

—¿Es un buen trabajo? —le preguntó.

—Sí, parece bueno —dijo Herbie. Cerró una maleta con dificultad, maldiciendo entre dientes, y añadió—: Hay algo de pasta en el banco. El talonario de cheques está en el primer cajón del tocador. Puedes quedarte con los muebles y las demás cosas.

—La miró con el rostro crispado y gritó—: Se acabó, maldita sea, te digo que se acabó.

—De acuerdo, de acuerdo —replicó ella—. Ya te he oído.

Le veía como si él estuviera en un extremo de un cañón y ella en el otro.

Empezaba a dolerle la cabeza y el tono de su voz era melancólico y fatigado. No podía alzar la voz por mucho que se empeñara.

—¿No quieres tomar una copa antes de irte?

Él la miró de nuevo, sonriendo a medias.

—Otra vez ajumada para variar, ¿eh? Eso está bien. Anda, tomemos un trago,

¿por qué no?

Hazel fue a la cocina, preparó un vaso de whisky con agua y hielo para él y ella se sirvió dos dedos de licor que tomó de un trago. Luego se sirvió otra ración y llevó los vasos al dormitorio. Herbie había atado las dos maletas con unas correas y se había puesto el abrigo y el sombrero. Cogió el vaso que ella le ofrecía.

—Bueno —dijo él, soltando una risita incierta—. Salud y dinero.

—Salud y dinero.

Bebieron. Luego él dejó el vaso y cogió las pesadas maletas.

—He de tomar el tren de las seis.

Ella le siguió por el pasillo. Cantaba mentalmente una canción que sonaba con persistencia en el fonógrafo de la señora Martin y que a ella nunca le había gustado: Tanto de día como de noche,

siempre estamos jugando.

¿Verdad que nos divertimos?

Al llegar a la puerta, él dejó las maletas en el suelo y la miró a la cara.

—Bueno, cuídate mucho. Estarás bien, ¿eh?

—Sí, claro.

Abrió la puerta, pero antes de salir retrocedió un paso y le tendió la mano.

—Adiós, Hazel. Buena suerte.

Ella le estrechó la mano.

—Tengo el guante húmedo, perdona —le dijo.

Cuando la puerta se cerró tras él, Hazel volvió a la cocina.

Aquella noche, cuando fue a casa de la señora Martin, rebosaba vivacidad. Los muchachos se encontraban allí, Ed entre ellos, contento de estar en la ciudad, retozón y muy bromista. Pero ella le habló sosegadamente durante un rato.

—Hoy se ha largado Herbie —le dijo—. Se ha ido a vivir al oeste.

—¿Ah, sí? —Él la miró mientras jugueteaba con la estilográfica prendida del bolsillo de chaleco—. ¿Crees que se ha ido para siempre?

—Sí, estoy segura.

—¿Y vas a seguir viviendo en ese piso? ¿Sabes lo que vas a hacer?

—No, no lo sé, pero me tiene sin cuidado.

—Vamos, mujer, no hables así. Lo que necesitas es… una copita. ¿Qué te parece?

—Sí, pero a palo seco.

Aquella noche ganó cuarenta y tres dólares al póquer. Cuando terminó la partida, Ed la acompañó a su piso.

—¿No me das un besito? —le preguntó.

La rodeó con sus grandes brazos y la besó violentamente. Ella permaneció totalmente pasiva. Ed se apartó y la miró a los ojos.

—¿Estás un poco bebida, cariño? —le preguntó con ansiedad—. No irás a marearte, ¿verdad?

—¿Yo? Estoy de maravilla.

II

A la mañana siguiente, Ed se marchó con una foto de ella. Dijo que la quería para mirarla, allá en Utica. Hazel le señaló la foto sobre el escritorio de su marido y le dijo que podía quedársela.

Metió la foto de Herbie en un cajón, diciéndose que cuando pudiera mirarla la rompería. Decidió que evitaría pensar continuamente en él y tuvo bastante éxito en su empeño. El whisky le ayudaba a obnubilar sus pensamientos y, envuelta en la bruma del alcohol, casi se sentía en paz.

Aceptó su relación con Ed sin poner objeciones y sin entusiasmo. Cuando aquel hombre estaba ausente, apenas pensaba en él. Se portaba bien con ella, le hacía frecuentes regalos y le entregaba dinero con regularidad, lo cual incluso le permitía a Hazel ahorrar. No hacía planes por anticipado, pero tenía pocas necesidades, y era mejor ingresar el dinero en el banco que tenerlo en casa inactivo.

Cuando se aproximaba el vencimiento del alquiler del piso, fue Ed quien le sugirió que se mudara. La amistad de Ed con la señora Martin y Joe se había enfriado a causa de una discusión durante una partida de póquer, y era inminente su ruptura.

—Larguémonos de aquí —le dijo a Hazel—. Quiero que vivas cerca de la estación Grand Central. Eso será más conveniente para mí.

Así pues, ella alquiló un pequeño apartamento en la zona de las calles Cuarenta.

Todos los días acudía una sirvienta de color para limpiar la casa y hacerle café, pues, según ella, «no pensaba ocuparse nunca más de las tareas domésticas», y Ed, que llevaba veinte años casado con una mujer apasionadamente doméstica, admiraba esta inutilidad romántica y se sentía doblemente hombre de mundo por consentirla.

El café era lo único que tomaba hasta la hora de comer, pero el alcohol la mantenía gruesa. Para ella la Prohibición no era más que una cantera de chistes, porque uno siempre podía conseguir todo el licor que le venía en gana. Nunca estaba visiblemente bebida y pocas veces se encontraba sobria del todo. Para mantener su embotamiento necesitaba un estipendio mayor. Si no podía beber lo suficiente, se apoderaba de ella una profunda melancolía.

Ed la llevó al restaurante de Jimmy. Estaba orgulloso, con el orgullo del transeúnte que podría pasar por nativo, de su conocimiento de los pequeños restaurantes nuevos que ocupaban las plantas bajas de viejos y destartalados edificios; lugares donde bastaba mencionar el nombre de un amigo cliente asiduo de la casa para obtener whisky de extraña composición y ginebra recién hecha en muchas de sus ramificaciones. El restaurante de Jimmy era el favorito de los conocidos de Ed.

Allí, y gracias a Ed, la señora Morse conoció a muchos hombres y mujeres y entabló rápidas amistades. Cuando Ed estaba en Utica, los hombres solían salir con ella. Él estaba orgulloso de la popularidad de Hazel.

Adquirió el hábito de ir sola al restaurante de Jimmy cuando no tenía ningún compromiso. Estaba segura de que allí encontraría a algún conocido. Era un club para sus amigos, tanto hombres como mujeres.

En el local de Jimmy todas las mujeres se parecían mucho, lo cual era curioso, porque a causa de las querellas, los traslados y las oportunidades de contactos más provechosos, el personal del grupo cambiaba continuamente. Sin embargo, las recién llegadas tenían un evidente parecido con las mujeres a las que sustituían. Todas eran voluminosas y macizas, anchas de hombros y de pecho generoso, el rostro grueso, fofo y de color subido. Reían con frecuencia y estrepitosamente, mostrando unos dientes opacos, sin brillo, como cuadrados de loza. Tenían el aspecto saludable de las personas corpulentas, pero aun así daban una ligera e insana impresión de que se obstinaban en conservarse. Podrían tener treinta y seis, cuarenta y cinco o cualquier edad entre esos dos extremos.

Utilizaban su nombre y el apellido de su marido: la señora Florence Miller, la señora Vera Riley, la señora Lilian Block, y eso les daba al mismo tiempo la solidez del matrimonio y el atractivo de la libertad. Sin embargo, sólo una o dos estaban realmente divorciadas. La mayoría de ellas nunca se referían a sus tediosos maridos; algunas, que llevaban poco tiempo separadas, hablaban de ellos de un modo que tenía un gran interés biológico. Varias eran madres, de un hijo único, un muchacho interno en una escuela, o una chica de la que cuidaba su abuela. A menudo, hacia la madrugada, había exhibición de fotos familiares y abundancia de lágrimas.

Eran mujeres agradables, cordiales, amistosas, con el temperamento benévolo de las matronas. La despreocupación era su rasgo distintivo, sobre todo en cuestiones económicas. Cada vez que sus fondos disminuían, aparecía un nuevo donante: nunca fallaba. El objetivo de todas ellas era tener un hombre a su disposición, permanente, que pagara sus facturas, a cambio de lo cual abandonaría de inmediato a los demás admiradores y quizá se encariñaría muchísimo con él, pues los afectos de todas ellas, a aquellas alturas, no eran exigentes, sino generosos y fácilmente compartidos. Sin embargo, esto último resultaba más difícil cada año, y consideraban a la señora Morse como afortunada.

A Ed le fueron bien las cosas, aumentó el estipendio de Hazel y le regaló un abrigo de piel de foca. Pero ella tenía que andar con pies de plomo cuando estaban juntos, pues él insistía en que deseaba verla alegre y no le hacía caso cuando ella hablaba de dolores o debilidades.

—Mira, ya tengo mis propias preocupaciones —le decía— y no son pocas. Nadie quiere los problemas ajenos, cariño. Lo que has de hacer es desentenderte de lo malo y olvidarlo. ¿De acuerdo? Anda, sonríe. Así me gusta.

Ella nunca tenía suficiente interés para discutir con él como lo hacía con Herbie, pero quería tener el privilegio de admitir de vez en cuando que estaba triste. Su situación era un tanto extraña. Sus conocidas no tenían necesidad de reprimir sus estados de ánimo. Allí estaba la señora Florence Miller, que cada dos por tres se echaba a llorar, y los hombres intentaban animarla y consolarla. Las demás se pasaban veladas enteras recitando sus preocupaciones y achaques, y sus acompañantes demostraban una profunda comprensión. Pero cuando ella estaba melancólica, resultaba indeseable. Una vez, en el restaurante de Jimmy, no pudo remontar su tristeza y Ed se marchó dejándola allí sola.

—¿Por qué diablos no te quedas en casa en vez de estropear la noche de los demás? —le gritó en aquella ocasión.

Incluso aquellos de sus conocidos con los que tenía una relación menos íntima parecían irritados si no la veían alegre.

—Pero ¿qué te pasa? —le decían—. Compórtate como corresponde a tu edad.

Toma un trago y manda a paseo los problemas.

Cuando hacía casi tres años que se relacionaba con Ed, éste se fue a vivir a Florida. Lamentó mucho abandonar a Hazel. Le dio un cheque por una suma considerable y algunas acciones de buena cotización, y sus ojos claros estaban humedecidos cuando se despidió de ella. Ella no le añoró. Ed iba a Nueva York de tarde en tarde, quizá dos o tres veces al año, y en cuanto bajaba del tren se dirigía al piso de Hazel. Ella siempre se alegraba de su visita y nunca lamentaba que se marchara de nuevo.

Charley, un conocido de Ed al que ella había conocido en el restaurante de Jimmy, la admiraba desde hacía tiempo. Siempre había buscado oportunidades para tocarla o acercarse a ella y hablarle. Una y otra vez preguntaba a sus amigos comunes si habían oído una risa más agradable que la de Hazel. Cuando Ed se marchó, Charley pasó a ser la persona más importante de su vida. Le clasificó como «no demasiado malo». Su relación con Charley duró casi un año, y luego dividió su tiempo entre él y Sydney, otro cliente del local de Jimmy. Finalmente, Charley desapareció por completo de su vida.

Sydney era un judío inteligente, menudo y bien vestido, y su compañía quizá satisfacía a Hazel más que la de otros hombres. Siempre la divertía, y su risa no era forzada.

Él la admiraba sin reservas. La suavidad y el tamaño de Hazel le encantaban y pensaba que era una mujer estupenda, cosa que le decía con frecuencia, porque se mantenía alegre y animada cuando estaba borracha.

—Una vez tuve una novia que intentaba tirarse por la ventana cada vez que bebía una cerveza —comentaba, y añadía con sentimiento—: ¡Qué cruz!

Entonces Sydney se casó con una mujer rica que le hizo cambiar de vida, y le sustituyó Billy. No…, después de Sydney llegó Fred y luego Billy. Su mente embotada por el alcohol nunca recordaba cómo los hombres entraban y salían de su vida. No había sorpresas. Su llegada no le emocionaba y su marcha no era dolorosa.

Parecía conservar intacta su capacidad de atraer a los hombres. No volvió a conocer a otro tan rico como Ed, pero todos eran generosos con ella, en la medida de sus posibilidades.

Cierta vez tuvo noticias de Herbie. Encontró a la señora Martin cenando en el local de Jimmy, y la vieja amistad se reanudó vigorosamente. Joe, que seguía admirándola, había visto a Herbie durante un viaje de negocios. Se había establecido en Chicago, tenía buen aspecto y vivía con una mujer, por la que parecía estar loco.

Aquel día la señora Morse había bebido copiosamente y escuchó la noticia con escaso interés, como quien oye hablar de las travesuras sexuales de alguien cuyo nombre le resultaba vagamente familiar.

—Han pasado casi siete años desde la última vez que le vi —comentó—. Siete años nada menos.

Cada vez más sus días perdían individualidad. No recordaba las fechas ni estaba segura del día de la semana.

—¡Dios mío, eso fue hace un año! —exclamaba, cuando se evocaba un acontecimiento en la conversación.

Casi siempre estaba cansada. Cansada y nostálgica. Casi cualquier cosa la entristecía, como aquellos caballos viejos que veía en la Sexta Avenida, bregando para avanzar por la resbaladiza calzada, o parados junto al bordillo, con la cabeza gacha y al nivel de las despellejadas. Las lágrimas reprimidas durante largo tiempo brotaban de sus ojos cuando pasaba balanceándose, los pies doloridos encajados en los zapatos color champaña, demasiado pequeños.

La idea de la muerte pasó por su mente y se aposentó en ella, prestándole una especie de alegría amortiguada. Pensaba que esta muerte sería agradable y reparadora.

La idea de matarse no le causó ninguna conmoción; era como si siempre hubiera estado latente en ella. Leía con avidez todas las noticias sobre suicidios que publicaban los periódicos, y que eran como una epidemia…, o quizá se debía a que buscaba esas noticias con tanta ansiedad que encontraba muchas. Su lectura la tranquilizaba, le hacía sentir una íntima solidaridad con la gran compañía de los muertos voluntarios.

Con la ayuda del whisky, dormía hasta bien entrada la tarde y luego yacía en la cama, con una botella y un vaso a mano, hasta la hora de vestirse para salir a cenar.

La desconfianza que empezaba a sentir hacia el alcohol la desconcertaba un poco, como si fuera un viejo amigo que le hubiera negado un pequeño favor. El whisky aún podía consolarla, pero había momentos súbitos e inexplicables en los que la nube la abandonaba traicioneramente, y la sobrecogía el dolor, la estupefacción y el malestar que experimentan los seres vivos. Jugaba voluptuosamente con la idea de una retirada serena y somnolienta. Nunca le habían turbado las creencias religiosas y no le intimidaba la expectativa de una vida más allá de la muerte. Soñaba despierta en ese futuro en el que no tendría que ponerse unos zapatos que le apretaban, ni reírse, escuchar y admirar, ni ser nunca más una mujer alegre y despreocupada. Nunca más.

Pero ¿cómo podría hacerlo? La idea de arrojarse al vacío le provocaba náuseas.

Las armas le repugnaban. Cuando iba al teatro, si uno de los actores empuñaba un revólver, se tapaba los oídos con las manos y ni siquiera podía mirar al escenario hasta que había sonado el disparo. En su piso no había gas. Miraba durante largo rato las venas azules de sus muñecas…, un corte con una navaja de afeitar y se acabó.

Pero sería doloroso, y la visión de la sangre insoportable. Un veneno —algo insípido, rápido e indoloro— era lo mejor. Pero la ley no permitía su venta en las farmacias.

Pocas eran las demás cosas que ocupaban sus pensamientos.

Había conocido a otro hombre, Art, bajo, grueso y difícil de soportar cuando estaba borracho. Pero hasta conocerle sólo había tenido relaciones esporádicas con diversos hombres, y le alegraba gozar de un poco de estabilidad. También Art debía ausentarse durante semanas —era representante de lencería— y esos períodos eran un descanso para ella. Con aquel hombre se mostraba bastante animada, de un modo convincente, pero lo conseguía a costa de un esfuerzo agotador.

—La mujer más alegre del mundo —le musitaba al oído—. La más alegre.

Una noche en que él la había llevado al local de Jimmy, Hazel entró en el lavabo de señoras con Florence Miller y, mientras se pintaban los labios, compararon sus experiencias de insomnio.

—La verdad es que no puedo pegar ojo si no me acuesto bien cargada de whisky

—dijo la señora Morse—. De lo contrario, doy vueltas y más vueltas sin dormirme.

Dicen que estoy triste. ¡Cómo voy a estar si me paso las noches en blanco!

—Mira, Hazel —replicó la señora Miller en tono confidencial—. Yo llevaría más de un año sin dormir de no ser por el veronal. Con eso duermes como una marmota.

—¿No es un veneno o algo parecido?

—Mujer, si tomas demasiado te vas al otro barrio —dijo la señora Miller—. Yo tomo sólo cinco granos…, en tabletas. No me atrevería a bromear con eso. Pero con cinco granos puedes dormir a pierna suelta.

—¿Puedes conseguirlo en cualquier parte? —La señora Morse se sentía soberbiamente maquiavélica.

—En Jersey puedes conseguir todo el que quieras —dijo la señora Miller—. Aquí no te lo dan sin receta médica. ¿Has terminado? Será mejor que volvamos… A ver qué están haciendo los muchachos.

Aquella noche, Art dejó a la señora Morse ante la puerta de su casa. No podía quedarse porque su madre había ido a la ciudad. Ella estaba todavía sobria y no le quedaba ni una gota de whisky en casa. Permaneció tendida en la cama, contemplando el oscuro techo.

Se levantó a una hora que para ella era temprana y fue a Nueva Jersey. Nunca había subido al metro y se confundía con las diversas líneas, por lo que fue a la estación de Pennsylvania y sacó un billete de tren para Newark. Durante el viaje su mente permaneció en blanco. Miraba los feos sombreros de las mujeres y el paisaje monótono y gris a través de la sucia ventanilla.

Una vez en Newark, entró en la primera farmacia que encontró y pidió una lata de polvos de talco, un cepillo para las uñas y una caja de tabletas de veronal. Los polvos y el cepillo servirían para disimular la petición del narcótico, como si obedeciera a una necesidad normal. El vendedor permaneció impasible, le dijo que aquel producto sólo se vendía en frascos y le dio uno pequeño que contenía diez tabletas.

Hazel fue a otra farmacia y compró un paño para limpiar la cara, un palito de naranjo y un frasco de veronal. El dependiente tampoco mostró ningún interés.

«Bueno, creo que tengo suficientes pastillas para matar un buey», pensó mientras regresaba a la estación.

Al llegar a casa, guardó los frasquitos en el cajón del tocador y se quedó mirándolos con lánguida ternura.

—Por fin están aquí, benditos sean —musitó y, besándose la punta de un dedo, tocó cada frasco.

La sirvienta de color trabajaba afanosamente en la sala.

—Hola, Nettie —le dijo la señora Morse—. Sé buena, ¿quieres? Ve al local de Jimmy y tráeme una botella de whisky.

Se puso a tararear una canción mientras esperaba el regreso de la muchacha.

Durante algunos días el whisky se portó con ella tan tiernamente como lo hizo cuando recurrió a su ayuda por primera vez. Cuando estaba sola, Hazel se hallaba en un estado de nebuloso sosiego, pero en el local de Jimmy era la mujer más alegre. Art estaba encantado con ella.

Una noche estaba citada con Art en el restaurante para cenar temprano, pues luego él partiría en viaje de negocios y estaría ausente toda la semana. La señora Morse se había pasado la tarde bebiendo. Mientras se vestía para salir, sintió que pasaba placenteramente del amodorramiento a la animación, pero en la calle le abandonaron por completo los efectos del whisky, y se apoderó de ella una angustia tan terrible que permaneció tambaleándose en la acera, incapaz por un momento de seguir andando. La noche era gris, caían minúsculos copos de nieve y el pavimento estaba helado. Cuando cruzó lentamente la Sexta Avenida, casi arrastrando los pies, un caballo grande, con varias cicatrices y enganchado a un carro, cayó de rodillas delante de ella. El carretero se puso a gritar y azotó brutalmente al animal, echando el látigo muy atrás antes de descargar cada golpe, mientras el caballo trataba de levantarse sobre el asfalto resbaladizo. Varias personas observaban la escena con interés.

Cuando la señora Morse llegó al local de Jimmy, Art la estaba esperando.

—Pero ¿qué diablos te ha pasado? —le dijo a modo de saludo.

—He visto un caballo… Esos pobres caballos me dan pena, pero no sólo ellos.

Todo es terrible, ¿no? Me siento abatida, no puedo evitarlo.

—¿Abatida? ¿Con qué me vienes ahora? ¿Por qué has de estar abatida?

—No puedo evitarlo.

—Vamos, mujer, déjate de monsergas. Tranquilízate, siéntate aquí y deja de poner esa cara.

Bebió copiosamente y puso todo su empeño en vencer aquella melancolía, pero fue en vano. Llegaron unos amigos, que comentaron lo triste que estaba, y ella no pudo hacer más que sonreírles débilmente. Se llevó varias veces el pañuelo a los ojos, procurando hacerlo de manera que sus movimientos pasaran desapercibidos, pero Art la sorprendió varias veces, frunció el ceño y se movió impaciente en su silla.

Cuando llegó la hora en que debía ir a la estación, ella le dijo que se marcharía a casa.

—No es mala idea —comentó él—. A ver si te recuperas durmiendo. Nos veremos el jueves. Y, por favor, procura animarte. ¿Lo harás?

—Sí, lo haré.

Ya en su dormitorio, se desvistió tensa y rápidamente, algo insólito en ella, pues solía hacerlo con lentitud. Se puso la camisa de dormir, se quitó la redecilla del pelo y pasó el peine por el cabello seco y abigarrado. Luego sacó los dos frasquitos del cajón y fue con ellos al baño. Había desaparecido la sensación de abatimiento y estaba tan excitada como si fuese a recibir un regalo esperado.

Desenroscó los frascos, llenó un vaso de agua y permaneció ante el espejo, con una tableta entre los dedos. De súbito hizo una elegante reverencia a su propia imagen y levantó el vaso.

—Salud y dinero —brindó.

Engullir las tabletas resultó desagradable. Eran secas y polvorientas, y se obstinaban en quedarse pegadas a mitad de la garganta. Tardó largo tiempo en tragar las veinte. Siguió contemplando su imagen con un interés profundo, impersonal, observando los movimientos de la garganta al engullir. Volvió a hablar en voz alta.

—Por favor, procura animarte de aquí al jueves. ¿Lo harás? Bien, ya sabes adónde puede irse ese hombre. Él y todos los demás.

Ignoraba cuál era la rapidez de los efectos del veronal. Tras engullir la última tableta, siguió ante el espejo, insegura, preguntándose con un interés cortés, como si no le atañera personalmente, si la muerte la sorprendería de repente, allí mismo. No tenía ninguna sensación extraña, salvo una ligera náusea causada por el esfuerzo de tragar las tabletas, y su rostro no reflejaba ninguna diferencia. Así pues, la muerte no sería inmediata, podría tardar una hora o más tiempo en llegar.

Estiró los brazos y bostezó largamente.

—Creo que me voy a la cama —dijo—. Ya estoy casi muerta.

Esta observación le pareció cómica. Apagó la luz del baño y se tendió en la cama, riendo entre dientes.

—Ya estoy casi muerta —repitió—. ¡Tiene gracia la cosa!

 

III

Al día siguiente por la tarde, Nettie, la sirvienta de color, llegó al piso para hacer la limpieza y encontró a la señora Morse en la cama, cosa que no tenía nada de extraño.

Normalmente, los ruidos que hacía al limpiar la despertaban, cosa que le disgustaba, por lo que Nettie, que era una muchacha considerada, trabajaba con el mayor sigilo posible.

Pero cuando, una vez aseada la sala, entró en el pequeño dormitorio, no pudo evitar un ligero tintineo mientras ordenaba los objetos del tocador. Instintivamente, miró por encima del hombro a la durmiente, y de súbito la inquietud se apoderó de ella. Se acercó a la cama y miró a la mujer tendida.

La señora Morse yacía boca arriba, con un brazo blanco y fofo extendido, la muñeca contra la frente. El cabello le colgaba rígido a lo largo del rostro. La ropa de cama estaba retirada y exponía una porción de cuello blando y una camisa de dormir de color rosa, la tela desgastada desigualmente por innumerables lavados; los grandes senos, liberados del prieto sostén, se hundían bajo los sobacos. De vez en cuando emitía unos sonidos confusos, como ronquidos, y un reguero de saliva solidificada iba desde la comisura de la boca hasta la curva de la mandíbula.

—Señora Morse —le dijo Nettie— Es muy tarde, señora Morse.

Ella no hizo ningún movimiento.

—Tiene que levantarse, señora Morse. ¿Cómo voy a hacer la cama si sigue ahí?

—El pánico se apoderó de la muchacha. Agitó el hombro de la mujer—. Despierte,

¿quiere? Por favor, despierte.

De improviso la muchacha dio media vuelta, salió corriendo del piso y se detuvo ante la puerta del ascensor, cuyo botón apretó hasta que el anticuado camarín con su ascensorista de color apareció delante de ella. Habló atropelladamente con el chico y le llevó al piso. Él entró de puntillas y se acercó a la cama; primero con suavidad y luego con tanto vigor que dejó marcas en la piel, zarandeó a la mujer inconsciente.

—¡Eh, oiga! —le gritó, y escuchó atentamente, como si esperase oír el eco—.

Vaya, está apagada como una luz —comentó.

Al ver el interés del chico por el espectáculo, Nettie dejó de sentir pánico. Ambos se sentían importantes en aquella situación anómala, y hablaron en susurros rápidos.

El muchacho sugirió que iría en busca del médico que vivía en la planta baja. Nettie le acompañó. Esperaban con emoción el momento en que darían la noticia de algo desafortunado, algo placenteramente desagradable. La señora Morse se había convertido en la médium de un drama. Sin desearle lo peor, confiaban en que su estado fuese grave, que no les decepcionara despertando y volviendo a la normalidad cuando ellos volvieran a su lado. Cierto temor a que esto ocurriera les impulsó a hablar al médico sobre el estado de la mujer en los términos más alarmantes. «Es cuestión de vida o muerte», dijo Nettie, empleando una frase bastante común en las novelas baratas que leía. Consideró que esas palabras sobresaltarían al médico.

El médico estaba en casa y la interrupción no le gustó lo más mínimo. Llevaba un batín amarillo con rayas azules. Estaba tendido en el sofá, riendo con una joven morena, de rostro escamoso a causa de los polvos de mala calidad que se había puesto, sentada en uno de los brazos del mueble. Junto a ellos había largos vasos de licor semivacíos, y el sombrero y el abrigo de la joven estaban pulcramente colgados, lo cual sugería una larga estancia. Cuando llamaron a la puerta, el médico soltó un gruñido. Siempre tenía que surgir algún fastidio, no podían dejarle a uno en paz después de una dura jornada. Pero metió varios frascos e instrumentos en un maletín, cambió el batín por la chaqueta y salió de su casa con los dos negros.

—Date prisa, cariño —le dijo la muchacha desde el sofá—. No te entretengas toda la noche.

El médico entró en el piso de la señora Morse y fue al dormitorio, seguido por Nettie y el ascensorista. La mujer no se había movido. Su sueño era profundo, pero ahora no emitía ningún sonido. El médico la miró severamente, aplicó los pulgares sobre los ojos cerrados y los apretó.

El ascensorista rio entre dientes.

—Parece como si quisiera hacerle atravesar la cama —comentó.

Aquella presión no hizo reaccionar a la señora Morse. El médico la abandonó bruscamente y con un rápido movimiento retiró la sábana y la manta hasta el pie de la cama. Con otro movimiento le subió la camisa de dormir y levantó las piernas gruesas y blancas, sombreadas por agrupamientos de diminutas venas azules. Las pellizcó repetidas veces, con largos y crueles pellizcos, por detrás de las rodillas. Ella no se despertó.

—¿Qué ha estado bebiendo? —le preguntó a Nettie, por encima del hombro.

Con la rapidez y seguridad de quien sabe dónde encontrar una cosa, Nettie fue al baño, en cuyo armario la señora Morse guardaba el whisky, pero se detuvo al ver los dos frascos, con sus etiquetas rojas y blancas delante del espejo. Se los llevó al médico.

—¡Dios Todopoderoso! —exclamó. Dejó caer las piernas de la señora Morse y las empujó con impaciencia al otro lado de la cama—. ¿Por qué habrá querido hacer esa tontería? Rellenarse de esa porquería… Ahora tendremos que hacerle un lavado y sacarle todo eso. Total, un fastidio. Vamos, George, llévame abajo en el ascensor. Tú espera aquí, chiquilla. La señora no se moverá.

—No se morirá cuando esté a solas con ella, ¿verdad? —dijo Nettie con lágrimas en los ojos.

—No, mujer, no. Ni siquiera podrías matarla a hachazos.

IV

Dos días después, la señora Morse recobró el conocimiento, primero aturdida y luego con una lenta comprensión que provocaba en ella un abatimiento cada vez más intenso.

—Dios mío, Dios mío —gemía, y recorrían sus mejillas lágrimas vertidas por sí misma y por la vida.

Al oír el ruido, Nettie entró en la habitación. Durante dos días se había ocupado de las desagradables e incesantes tareas de cuidar de la enferma inconsciente, y en las dos noches respectivas sólo había dormido fragmentariamente en el sofá de la sala.

Miró fríamente a la corpulenta e hinchada mujer que yacía en la cama.

—¿Qué ha tratado de hacer, señora Morse? —le preguntó—. ¿Por qué se ha tomado eso?

—Oh, Dios mío —gimió la señora Morse de nuevo, e intentó cubrirse los ojos con los brazos, pero tenía las articulaciones rígidas y frágiles, y el dolor la hizo llorar.

—Eso de tomar píldoras no se hace —dijo Nettie—. Puede dar gracias al cielo por haberse curado. ¿Cómo se siente?

—Oh, muy bien —replicó la señora Morse—. Me siento estupendamente. —Sus cálidas lágrimas de dolor parecían inagotables.

—Llorando así no va a solucionar nada —observó Nettie—. El doctor dice que podrían detenerla por hacer una cosa así. Se puso furioso.

—¿Por qué no me dejó en paz? —gimió la señora Morse—. ¿Por qué diablos no pudo dejarme?

—Es terrible que hable así, señora Morse, después de lo que hemos hecho por usted. ¡Llevo dos noches sin dormir, y no he ido a trabajar a mis otras casas!

—Oh, lo siento, Nettie, eres un cielo. Siento haberte dado tantas molestias, pero no pude evitarlo, estaba abatida. ¿Nunca has tenido ganas de hacerlo? ¿Ni siquiera cuando todo te parece horrible?

—Nunca haría una cosa así —afirmó Nettie—. Tiene que animarse, eso es lo que debe hacer. Todos tenemos nuestros problemas.

—Sí, ya lo sé —dijo la señora Morse.

—Ha llegado una bonita postal para usted —le informó Nettie—. Tal vez eso la ayude a animarse.

Le entregó la postal, y la señora Morse tuvo que taparse un ojo con una mano para poder leer el mensaje, pues su vista no se centraba correctamente.

Era de Art, una vista panorámica del Club Atlético de Detroit, en cuyo dorso había escrito: «Cariñosos saludos. Confío en que haya mejorado tu estado de ánimo.

Anímate y no te hagas mala sangre por nada. Nos veremos el jueves».

Dejó caer la postal al suelo. Una profunda tristeza se apoderó de ella, y recordó los días que había pasado en casa, tendida en la cama, las veladas en el local de Jimmy, cuando era una mujer alegre y despreocupada, haciendo que Art y los hombres que le precedieron se rieran con ella y la arrullaran; vio un largo desfile de caballos cansados, mendigos temblorosos y criaturas golpeadas, apremiadas y tambaleantes. Los pies le latían como si los tuviera encajados en los pequeños zapatos de color champaña. Su corazón parecía hincharse y endurecerse.

—Por favor, Nettie, sírveme una copa, ¿quieres?

La sirvienta pareció dubitativa.

—Mire, señora Morse —le dijo—, ha estado a punto de morir. No sé si el doctor ya le permitiría beber.

—Oh, no te preocupes por él. Ponme una copa y tráete la botella. Sírvete también un trago.

—Bueno —dijo Nettie.

Llenó dos vasos, dejando el suyo en el baño para tomarlo cuando estuviera a solas, y le llevó el otro a la señora Morse.

Hazel miró el licor y su aroma le hizo estremecerse. Pensó que quizá le sería de ayuda. Tal vez, cuando una se había pasado unos días fuera del mundo, el primer trago le devolvía la vitalidad. Quizá el whisky volvería a ser su amigo. Oró sin dirigirse a Dios, sin conocer a un Dios, pidiéndole que le permitiera emborracharse, que la mantuviera siempre borracha.

Levantó su vaso.

—Gracias, Nettie. Salud y dinero.

La sirvienta soltó una risita.

—Eso es, señora Morse. Ahora se está animando.

—Sí —dijo Hazel—. Tienes razón.

 

Dorothy Parker. El banquete de sapos

Aquel fue un año de locos, un año en que las cosas que debían haber ocurrido a su debido tiempo, salieron de cualquier manera. Fue un año en que la nieve cayó copiosa y duradera en pleno abril, y los periódicos sensacionalistas publicaron fotos de chicas vestidas con pantalones cortos tomando baños de sol en Central Park en pleno enero. Fue un año en que, pese a la gran prosperidad reinante en la nación más rica, no podías andar cinco manzanas sin que los mendigos te pidieran limosna; en que no era infrecuente ver mujeres llamativas, de paso vacilante, vestidas con trajes caros, exhibirse en lugares públicos; en que los mostradores de las farmacias rebosaban de pastillas para tranquilizarte y de pastillas para animarte. Fue un año en que muchas esposas, colocadas en los altares, apenas unos centímetros por debajo de los santos, árbitros de la etiqueta, veneradas anfitrionas, arquitectas de menús memorables, de golpe y porrazo, preparaban la bolsa de viaje y el joyero y huían a México en compañía de jóvenes ambiguos dedicados al arte; en que los maridos que habían regresado a casa todas las noches no sólo a la misma hora, sino en el mismo minuto de la misma hora, regresaban a casa una noche más, decían unas cuantas palabras y luego salían por la puerta que no volverían a cruzar jamás.

     Si Guy Allen hubiese dejado a su mujer en otra época, ella habría conseguido mantener el perdurable interés de sus amistades. Pero en aquel año de locura fueron tantos los pecios matrimoniales varados en la playa de Norman’s Woe, que las amigas ya estaban demasiado familiarizadas con las historias de naufragios. Al principio acudieron a su lado y, duchas en esas lides, hicieron lo posible por curarle la herida. Chasqueaban la lengua en señal de pena y sacudían la cabeza para manifestar su asombro; diagnosticaban que el de Guy Allen era un caso de demencia; hacían virulentas generalizaciones sobre los hombres, considerados como tribu; le aseguraban a Maida Allen que ninguna mujer habría sido capaz de hacer más por un hombre ni haber significado más; le estrechaban la mano y le prometían: «Volverá. ¡Ya verás cómo vuelve!»
     Pero el tiempo siguió su curso, como la señora Allen, a quien nunca nadie había visto antes aferrarse así a un tema: repetía una y otra vez la historia del agravio que le habían causado, y ella, claro, pobrecita, una santa inocente. Las amigas ya no tenían fuerzas para intercalar en su letanía arrullos de condolencia, debilitadas de tanto escuchar su historia, la suya, y otras como la suya; la cruel verdad es que las sagas de las mujeres abandonadas adolecen de una lamentable falta de variedad. Y así, llegó un día en que, tras depositar con violencia la taza de té en la mesa, una de estas damas se puso en pie de un salto y gritó:

     —¡Por el amor del cielo, Maida, habla de otra cosa!

     La señora Allen no volvió a ver a esa dama. También comenzó a ver cada vez menos a sus otras amigas, aunque eso fue cosa de las amigas, no de ella. No se enorgullecían de semejante abandono; las inquietaba la idea acechante de que la más despiadada de las pelmas pudiera seguir realmente angustiada.


     Trataron —cada una de ellas una sola vez—, de invitarla a pequeñas cenas agradables, para que se distrajera. La señora Allen acudía llevando consigo su obsesión, y la colocaba, por así decirlo, en medio del mantel, cual macabro centro de mesa. Las amigas aportaron varios huéspedes masculinos, ninguno de ellos conocido de la señora Allen. De buen humor por encontrarse ante una mujer nueva y atractiva, realizaban pequeñas incursiones amorosas. Ella respondía haciéndolos partícipes de su tragedia y, mientras daban cuenta de la ensalada y esperaban la mousse de moca, les recitaba su lista de talentos comprobados como esposa, compañera y amante, y les hacía notar, con una cínica carcajada, para qué le habían servido. Cuando los huéspedes se marchaban, la anfitriona aceptaba abatida el ultimátum de su marido en relación con quién no debían volver a invitar jamás.

No obstante, siguieron invitándola a sus cócteles multitudinarios, obligación social por excelencia para beber como esponjas, pensando que la señora Allen, con su voz suave, sería incapaz de hacerse oír en medio del gran bullicio que impera en estas fiestas y, de ese modo, acallados sus problemas, tal vez, por un momento, quedaran olvidados. Cuando la señora Allen llegaba, se acercaba en línea recta a aquellas amistades que la habían conocido con su marido, y les preguntaba si habían visto a Guy. Si le contestaban que sí, les preguntaba cómo estaba. Si le contestaban: «Pues… estupendamente», les ofrecía una sonrisa indulgente y se alejaba. Sus amigas la dejaron por imposible.

     A la señora Allen le sentó mal ese comportamiento. Las tachó a todas de criaturas que sólo funcionaban cuando las cosas venían bien dadas y dio gracias por haberlas desenmascarado a tiempo; a tiempo de qué, nunca lo dijo. Pero no había nadie que se lo preguntara, porque hablaba consigo misma. Había adoptado esta costumbre mientras se paseaba hasta bien entrada la noche por los cuartos silenciosos de su apartamento, y pronto la llevó consigo a la calle, a su paseo diario. Fue un año en que muchos transitaban las aceras murmurando soliloquios y, a menos que hablaran en voz alta o hicieran gestos, los demás peatones no se volvían a mirarlos.

     Pasó un mes, luego dos, luego casi cuatro, y ella seguía sin tener noticias directas de Guy Allen. Uno o dos días después de que él se marchara, la había telefoneado al apartamento y, tras interesarse por la salud de la criada que atendió la llamada (siempre fue el ideal de los sirvientes), le había pedido que le enviasen la correspondencia a su club, donde iba a alojarse. Más tarde, ese mismo día, Guy Allen mandó al mozo del club a que recogiera su ropa, la metiera en una maleta y se la llevara. Estos incidentes ocurrieron en ausencia de la señora Allen; a ella no la mencionó en ningún momento, ni a la criada ni por medio del mozo, y por eso se llevó un disgusto. De todos modos, se dijo, como mínimo sabía dónde estaba su marido. No se le ocurrió ir más allá y pensar que como máximo sabía dónde estaba su marido.
     El primer día de cada mes, recibía un cheque por la misma cantidad de siempre, para sus gastos y los de la casa. El alquiler debía de llegarle directamente al propietario del edificio de apartamentos, porque a ella nunca se lo reclamaron. Los cheques no los mandaba Guy Allen; venían con una nota adjunta de su banquero, un distinguido caballero de cabello cano, cuyas comunicaciones daban la sensación de estar escritas con pluma. Aparte de los cheques, nada indicaba que Guy y Maida Allen fueran marido y mujer.

A la señora Allen, el presente se le volvió intolerable, y veía el futuro sólo como su espantosa prolongación. Se refugió en el pasado. No se dejó guiar por la memoria; fue ella quien la condujo y puso rumbo hacia los recónditos y soleados caminos de su matrimonio. Once años de matrimonio, años de felicidad, de felicidad perfecta. Claro que a veces Guy había tenido los pequeños malos humores típicos de los hombres, pero ella siempre había conseguido que se le pasaran con una sonrisa, y esos episodios sin importancia sólo servían para unirlos más dulcemente; las peleas entre enamorados preparan el camino hacia el lecho. En abril, lágrimas mil derramó la señora Allen por los tiempos pasados; y nadie se le acercó nunca para explicarle que, si había tenido once años de felicidad perfecta, era el único ser humano al que le había ocurrido algo semejante.
     Sin embargo, la memoria es una compañera muda. El silencio golpeaba atronador en los oídos de la señora Allen. Ella quería escuchar voces tiernas, especialmente la suya. Quería encontrar comprensión, esa cosa que tantos se pasan la vida buscando, con lo fácil que tiene que ser encontrarla, porque ¿qué es sino alabanzas y compasión mutuas? Sus amigas la habían defraudado, por eso debía buscarse otras. Resulta sorprendentemente difícil reunir un nuevo círculo. A la señora Allen le costó tiempo y esfuerzo localizar a las señoras cuyo trato había frecuentado en otros tiempos, y que durante años había conseguido no recordar siquiera, y localizar a las agradables compañeras de viaje que había conocido a bordo de barcos y aviones. No obstante, obtuvo algunas respuestas, seguidas de sesiones íntimas en su apartamento, por las tardes.
     Fueron poco satisfactorias. Las señoras no le ofrecieron comprensión sino recomendaciones. Le decían que se animara, que recobrara la compostura, que estuviera alerta; una de ellas llegó incluso a darle una palmada en el hombro. Las sesiones llegaron a adquirir gran parte del carácter que tienen las disputas de vestuario en el descanso de un partido de fútbol, y cuando al final, la instaron a que mandara a Guy Allen al infierno, la señora Allen las suspendió.

Pese a todo, algo bueno sacó de ellas, porque por intermedio de una de sus ignorantes consejeras la señora Allen conoció a la doctora Langham.
     Aunque la doctora Marjorie Langham se ganaba la vida trabajando, no había perdido ni una pizca de su femineidad, sin duda, porque nunca había tenido que pisar los pasillos manchados de sangre de la facultad de medicina ni quemarse las bonitas pestañas estudiando para conseguir el doctorado. De un solo salto, lleno de gracia, había caído sobre los delgados pies convertida en curandera de mentes atribuladas. Aquel fue un año en que los divanes de tales curanderos no llegaban a enfriarse entre paciente y paciente. La doctora Langham gozaba de un éxito tremendo.

     Tenía infinidad de anécdotas sobre sus pacientes. Y una manera muy suya de contarlas que hacía que las historias clínicas no sólo fueran para morirse de risa, sino que te daban a ti, su interlocutor, la estupenda sensación de que, después de todo, no estabas tan chiflado. En su faceta más profunda, era una mujer que lo comprendía todo al vuelo y demostraba una firme simpatía por las desgracias de las representantes sensibles de su sexo. Estaba hecha para la señora Allen.

     En su primera visita a la doctora Langham, la señora Allen no fue directamente al diván. En la consulta llena de chintz y alegría, ella y la doctora se sentaron frente a frente, de mujer a mujer; de esa manera, a la señora Allen le resultó más fácil desahogarse a gusto. Durante el relato del indignante comportamiento de Guy Allen, la doctora asintió repetidas veces; cuando se enteró, a petición suya, de la edad de Guy Allen, esbozó una sonrisita divertida.

     —¡Pero claro! Lo que imaginaba —dijo—. ¡Vaya, vaya con la crisis de los cuarenta y tantos! ¡Edad difícil y peligrosa! Eso es todo lo que le pasa… está pasando por el cambio.

     La señora Allen se dio unos golpecitos en las sienes con los puños por ser tan tonta y no haberlo pensado antes. Se había hartado de llorar y gemir porque se le había olvidado por completo que también los hombres vienen al mundo llevando a cuestas la deuda del pecado original; a Guy Allen, como a cualquier hijo de vecino, le había llegado la hora de pagarla; ahí estaba el quid de la cuestión. (En los últimos dos casos de matrimonios rotos de los que la señora Allen se había enterado ese año, uno de los maridos salientes tenía veintinueve y el otro, sesenta y dos, pero no le vinieron a la memoria.) La explicación de la doctora tranquilizó de tal modo a la señora Allen que se levantó y fue a tumbarse en el diván.

     —Así me gusta… relájese —le sugirió la doctora Langham—. ¡Ah, esas pobres mujeres, esas pobres idiotas! Se destrozan el corazón, se flagelan con sus porqués, porqués, porqués, se dejan la piel para encontrar un motivo estrambótico que justifique el hecho de que sus maridos las dejen plantadas, cuando no se trata más que de un caso tradicional y pasajero de nervios exacerbados y un cambio rutinario de metabolismo.
     La doctora le prestó a la señora Allen algunos libros para que se los llevara a casa y los leyera antes de la siguiente visita; algunas de las autoras, le dijo, eran muy amigas suyas, mujeres reconocidas como autoridades en la materia. Los libros parecían salidos de la misma pluma y estaban escritos en un estilo fluido, coloquial, asequible para el lector profano. Se notaba cierta uniformidad en sus contenidos; todos exponían una colección de casos de hombres casados que, en un arranque de enfurecida rebelión contra la madurez, habían abandonado el lecho conyugal y el techo familiar. Las rebeliones, como tales, resultaban conmovedoras. Masas de hombres con ojos desorbitados iban por la vida sin rumbo ni objetivo, sus noches eran frías y amargas, sus hogares, una fuente de enfermiza añoranza. Uno tras otro, los revolucionarios volvían con la cabeza gacha, las manos suplicantes, volvían al lado de sus sabias y amables esposas.
     Aquellas obras impresionaron a la señora Allen. Encontró más de un pasaje que, de haber sido suyos los libros, habría subrayado profusamente.

     Tuvo la sensación de que tenía todo el derecho del mundo a incluirse entre las esposas que esperaban en casa, tan amables, tan sabias. Podía decir, sin falsa modestia, que muchos le habían dicho que era demasiado amable para su propio bien, y que era capaz de reconocer un acto de verdadera sabiduría. En los primeros y aciagos días de su sufrimiento, se había jurado que no daría un solo paso para acercarse a Guy Allen. ¡Que se le pudriera la mano derecha y se le separara del brazo, si la utilizaba para marcar su número de teléfono! Nadie habría sido capaz de contar los kilómetros que había recorrido por las alfombras de su casa, pugnando por mantener el juramento. Y lo mantuvo, pero la vista de su mano derecha intacta, de su piel fresca y clara, no le servía de consuelo, sencillamente le recordaba el uso al cual podía haberla destinado. Y acto seguido, pensando siempre con renovado dolor en otra mano posada sobre otro disco, se recordaba que Guy Allen jamás la había llamado.

     La doctora Langham le puso muy buena nota por mantenerse alejada del teléfono, y restó importancia a su pena ante el silencio de Guy Allen.
     —Por supuesto que no la ha llamado —le dijo—. Tal como yo esperaba, claro… es el mejor indicio que tenemos de que él también sufre lo suyo. Teme hablar con usted. Está avergonzado de sí mismo. Sabe lo que le ha hecho; no sabe por qué, como nosotras, pero sabe que lo que hizo es terrible. Piensa mucho en usted. Lo demuestra el hecho de que no se atreva a llamarla.

     Uno de los grandes factores que contribuía al éxito de la doctora Langham era su habilidad para conseguir que a quienes estaban a punto de ahogarse, una pajita mojada les pareciera un tronco sólido.

     La cura de Maida Allen no se produjo de un día para el otro. Tuvieron que pasar varias semanas antes de que se sintiera entera. Según ella, todo el mérito era de su doctora. Por el mero hecho de haber arrojado la fría luz de la ciencia sobre el motivo del aparente abandono de Guy Allen, la doctora Langham había conseguido devolverle la ecuanimidad. Ya no era la criatura desolada y solitaria, rechazada como una flor marchita, un guante raído, una liga dada de sí. Era una mujer valiente y humana que, con la paciencia que era la joya de su corona, esperaba que su pobre hombre confundido superase su pequeña indisposición y volviese a su lado, para que ella le alegrara la convalescencia contribuyendo así a su pronta recuperación. Día tras día, en el diván de la doctora Langham, mientras hablaba y escuchaba, iba recuperando fuerzas. Dormía de un tirón, toda la noche, y cuando salía a la calle con la espalda recta, el rostro tranquilo y lleno de vida, entre toda la gente de hombros cargados y bocas amargas que poblaba las aceras, parecía la visitante llegada de un planeta mejor.

     Y ocurrió el milagro. Su marido la llamó por teléfono. Le pidió si esa noche podía pasar por el apartamento a recoger una maleta que le hacía falta. Ella le sugirió que se quedara a cenar. Él le dijo que le sería imposible porque debía cenar temprano con un cliente, pero que pasaría a eso de las nueve. En caso de que no estuviera en casa, que por favor le dejara la maleta a Jessie, la criada. Ella le dijo que era la primera noche, en no se sabía cuánto tiempo, que no salía. Estupendo, dijo él, entonces la vería más tarde; y colgó.

     La señora Allen llegó temprano a la cita con su doctora. Le dio la noticia a la doctora Langham con una especie de gorjeo alegre. La doctora asintió, y su sonrisa divertida se fue haciendo más grande hasta dejar al descubierto casi todos los dientes excepcionalmente bonitos.

     —Pues ahí tiene usted —le comentó—. Ha dado señales de vida. ¿Y quién le dijo que iba a ser así? Ahora escúcheme bien. Es importante, tal vez la parte más importante de todo su tratamiento. Esta noche no vaya usted a perder la cabeza. Recuerde que este hombre ha hecho sufrir lo indecible a una de las criaturas más sensibles que he conocido en mi vida. No se ponga blanda con él. No se muestre entusiasta, como si le estuviera haciendo un favor al volver a su lado. No sea demasiado indulgente con él.

     —¡Nooo, qué vaaa! —exclamó la señora Allen—. ¡Guy Allen va a tragar sapos!
     —Así me gusta —dijo la doctora Langham—. No le haga escenas, ya sabe; pero tampoco le dé a entender que todo está perdonado. Muéstrese dulce y fría. Ni por un momento deje que adivine que lo ha echado de menos. Simplemente deje que se dé cuenta de lo que se ha estado perdiendo. Y por el amor de Dios, ni se le ocurra pedirle que se quede a pasar toda la noche.

     —Ni por todo el oro del mundo —dijo la señora Allen—. Si eso es lo que quiere, tendrá que pedírmelo. ¡Sí! ¡Y de rodillas!

El apartamento estaba precioso; la señora Allen se ocupó de que así fuera y de que ella no le fuera a la zaga. Al volver a casa, después de haber estado en la consulta de la doctora, compró montones de flores y las dispuso con exquisito gusto —siempre se le habían dado bien los arreglos florales— por toda la sala.

Él llamó al timbre a las nueve y tres minutos. La señora Allen le había dado la noche libre a la criada. Ella misma se encargó de abrir la puerta.

  —¡Hola! —lo saludó.
  —¿Qué tal? ¿Cómo estás?
      —Pues, perfectamente —dijo ella—. Pasa. Creo que ya conoces el camino, ¿no?
     La siguió hasta la sala. Tenía el sombrero en la mano y llevaba el abrigo doblado sobre el brazo.
   —Cuántas flores —dijo él—. Qué bonitas.
   —Sí, ¿no son preciosas? Todo el mundo es muy amable conmigo. Dame tus cosas, que te las guardo.
     —Dispongo apenas de un momento —dijo él—. He quedado con alguien en el club.
     —Vaya, qué lástima.
     Siguió una pausa. Y él dijo:
     —Tienes buen aspecto, Maida.
     —Ay, no sé por qué —dijo ella—. Estoy que no me tengo en pie. Últimamente no paro ni de día ni de noche.
     —Te sienta bien.
     —¿No has notado nada nuevo en la sala? —le preguntó ella.
     —Pues… no sé… ya me he fijado en las flores. ¿Hay algo más?
     —Las cortinas, las cortinas —contestó ella—. Son nuevas, de la semana pasada.
     —Ah, sí. Son bonitas. De color rojo pálido.
     —Rosa —dijo ella—. La sala está bonita con estas cortinas, ¿no te parece?
     —Sí, estupenda.
     —¿Qué tal tu habitación en el club? —le preguntó.
     —Está bien. Tengo todo lo que quiero.
     —¿Todo, todo? —preguntó ella.
     —Sí, claro.
     —¿Qué tal la comida? —quiso saber ella.
     —Ahora bastante buena. Mucho mejor que antes. Han puesto un nuevo chef.
     —¡Qué divertido! ¿O sea que te gusta? Vivir en el club, digo.
     —Sí, claro —contestó él—. Estoy muy cómodo.
     —¿Por qué no te sientas y me cuentas qué es lo que no te gustaba de aquí? ¿La comida? ¿El espejo que usabas para afeitarte? ¿Qué?
     —Vaya, todo estaba bien —respondió él—. Verás, Maida, tengo que irme corriendo. ¿Tienes por aquí mi maleta?
     —Está en el dormitorio, en tu armario, donde siempre ha estado —dijo ella—. Siéntate… ya te la traigo yo.
     —No, no te molestes, ya voy yo.

     Se fue para el dormitorio. La señora Allen empezó a ir tras él, pero entonces se acordó de la doctora Langham y se quedó donde estaba. Sin duda, a la doctora le parecería algo indulgente de su parte el que entrara con él en el dormitorio cuando no hacía ni dos minutos que había vuelto.

     Él regresó con la maleta.

     —Seguro que puedes sentarte y tomar una copa, anda —insistió ella.
     —Ojalá pudiera, pero tengo que irme, de veras.

     —Pensé que podríamos intercambiar unas cuantas palabras de cortesía —dijo ella—. La última vez que oí tu voz, lo que me dijiste no fue muy agradable.
     —Lo lamento.

     —Estabas justo ahí, al lado de la puerta… muy guapo, por cierto —dijo ella—. En la vida te había visto tan incómodo. Si alguna vez ibas a estarlo, aquél fue el momento más oportuno. Cuando me dijiste lo que me dijiste. ¿Te acuerdas?
     —¿Y tú? —preguntó él a su vez.

     —Vaya si me acuerdo. «Ya no quiero seguir así, Maida. Se acabó». ¿De veras te parece bonito decirme algo así? A mí me pareció bastante repentino, después de once años.
     —No. No fue repentino —dijo él—. Me pasé seis de esos once años diciéndotelo.
     —Pues no me enteré.
     —Claro que te enteraste, querida. Lo interpretaste como una falsa alarma, pero vaya si te enteraste.
     —¿Cómo es posible que te hayas pasado seis años planificando esta salida tan drástica?
     —Planificando, no —aclaró él—. Pensando, nada más. No tenía planes. Ni siquiera cuando te dije esas palabras de despedida, indudablemente poco acertadas.
     —¿Y ahora los tienes? —preguntó ella.
     —Por la mañana me marcho a San Francisco —respondió él.
     —Qué amable eres al confiar en mí. ¿Cuánto tiempo estarás fuera?
     —La verdad es que no lo sé. Hemos abierto allí una sucursal, ¿sabes? Las cosas se han complicado un poco y tengo que ir a poner orden. No sé decirte cuánto tiempo llevará.
     —Te gusta San Francisco, ¿no?
     —Sí —dijo él—. Como ciudad no está mal.
     —Claro y encima está bien lejos —dijo ella—. No podías irte más lejos y seguir estando en América, la hermosa, ¿no?
     —En eso tienes razón —admitió él—. Oye, que me marcho ya, tengo mucha prisa. Llego tarde.
     —¿Es que no me puedes contar así por encima lo que has estado haciendo?
     —He estado trabajando todo el día y gran parte de las noches —contestó él.
     —¿Y te interesa?
     —Sí, me gusta, la verdad.
     —Me alegro por ti —dijo ella—. No es que quiera hacerte llegar tarde a tu cita. Pero me gustaría tener, aunque sea una leve idea de por qué hiciste lo que hiciste. ¿Tan infeliz eras?
     —En realidad sí, muy infeliz. No había necesidad de que me obligaras a decirlo. Lo sabías.
     —¿Por qué eras infeliz? —insistió ella.
     —Porque dos personas no pueden pasarse la vida haciendo las mismas cosas año tras año, cuando sólo a una de las dos le gusta hacerlas y, pese a eso, seguir siendo feliz —contestó él.
     —¿Y tú te crees que yo puedo ser feliz, así como estoy?
     —Pues sí —respondió él—. Creo que lo conseguirás. Ojalá hubiera una manera más agradable de hacerlo, pero creo que después de un tiempo, no muy largo, por cierto, estarás mejor que nunca.
     —¿Conque eso es lo que crees? Ah, ya sé lo que pasa, te cuesta creer que soy una persona sensible.
     —No será porque no me lo hayas dicho… once años te pasaste diciéndomelo. Oye, esto no tiene sentido. Adiós, Maida. Cuídate.
     —Lo haré. Te lo prometo.
     Él cruzó la puerta, fue pasillo abajo y llamó el ascensor. Ella se quedó mirándolo desde el umbral, con la puerta abierta.
     —¿Sabes qué, querido mío? —le dijo—. ¿Sabes qué es lo que a ti te pasa? Has llegado a la edad madura. Por eso tienes estas ideas.
     El ascensor se detuvo en la planta y el ascensorista abrió la puerta.
     Guy Allen se dio media vuelta antes de entrar en la cabina.
     —Hace seis años todavía no había llegado a la edad madura —le dijo—. Y entonces ya las tenía. Adiós, Maida. Buena suerte.
     —Buen viaje —le deseó ella—. Mándame una postal del Presidio.
     La señora Allen cerró la puerta y regresó a la sala. Se quedó muy quieta en el centro de la habitación. No se sentía como había imaginado.
     En fin. Se había comportado con perfecta frialdad y dulzura. Debía de ser que Guy todavía no estaba del todo recuperado de su leve dolencia. Pero se recuperaría; vaya si lo haría. Vaya si lo haría. Cuando estuviera allá lejos, dando tumbos por las colinas de San Francisco, recobraría el buen juicio. Intentó fantasear un rato; él volvería a su lado, el cabello se le pondría gris de la noche a la mañana —la noche en que se diera cuenta del tormento de su locura— y el cabello gris no lo favorecería nada. Se forjó una breve imagen de él, canoso, harapiento, en las últimas, mordisqueando unas ancas de sapo frías, que ella vio sin despellejar, verdes, viscosas, repugnantes.

     No. Las fantasías no servían de nada.

     Fue al teléfono y llamó a la doctora Langham.

The New Yorker, 14 de diciembre de 1957

ESCRIBIR UN CUENTO PASO A PASO

PLANTILLA

Hemos diseñado una plantilla que te facilitará la tarea de planificar tus relatos. Nos hemos centrado en reunir aquellos aspectos clave que deberían estar presentes.

  1. Planteamiento de la idea central / eje / motor.
  1. A partir de esta idea central, planifica y desarrolla: 

2.1. Sinopsis 

2.2. Personajes al servicio de la idea central | Protagonista

2.3. Personajes al servicio de la idea central | Secundarios

2.4. Personajes al servicio de la idea central | Figurantes.

  1. La construcción de la metáfora | Elementos simbólicos y papel que desempeñan.
  1. Indicios | Datos que pueden inferirse. Dotan de significado a los acontecimientos.
  1. Recursos narrativos | Arquetipos, epifanía literaria, sinécdoque narrativa, etcétera.
  2. Toma conciencia de la forma como escribes respondiendo a las siguientes preguntas pensando en el relato que escribirás.
      • ¿Seguro que tu relato solo plantea un único conflicto? Argumenta.
      • ¿Cómo conseguirás mantener la unidad en el ritmo?
      • La curva dramática será ascendente hasta el desenlace. ¿Cómo incrementarás la tensión de manera que el punto álgido se alcance, justo, al final?
      • ¿por qué dirías que el desenlace de tu relato resulta sorprendente? ¿por qué es coherente con el desarrollo de la trama?
      • Comenta el papel que desempeña cada uno de los indicios en tu relato. ¿Cómo crees que el lector los entenderá? ¿Qué deseas que el lector interprete de los mismos?
      • ¿Qué elementos corrientes aparecen en tu relato que adquieran tintes extraordinarios, y por qué?

Objetivos de la práctica

Te proponemos que planifiques y escribas un cuento de entre una página y dos como máximo (unos 4000 caracteres).

Los objetivos que pretendemos alcanzar son los siguientes:

  1. practicar las particularidades del cuento.
  2. respetar sus características esenciales. 
  3. practicar el proceso de planificación previa.
  4. conseguir que el relato sea el resultado de la planificación establecida.

Nivel

El ejercicio que te proponemos se puede calificar como de dificultad media. 

Práctica

Planifica la escritura de un cuento siguiendo el esquema que te proponemos:

Desarrollo de la idea central que te proponemos


El relato pone de manifiesto del escaso valor que en el plano familiar se concedía en los años 40 a las mujeres que se dedicaban exclusivamente al cuidado del hogar y de la familia. Se las consideraba el pilar de la casa porque estaban al servicio de todos, pero nadie se preocupaba por su felicidad e ilusiones, porque se sobreentendía que la felicidad del ama de casa radicaba en servir y cuidar de la familia. En el relato, la protagonista de la historia se revelará ante esta situación y asumirá, teniendo todo en su contra, la responsabilidad de vivir con valores renovados.

A partir de esta idea central, planifica y desarrolla: 

Sinopsis

Personajes al servicio de la idea central | Protagonista

Personajes al servicio de la idea central | Secundarios

Personajes al servicio de la idea central | Figurantes.

La construcción de la metáfora | Elementos simbólicos y papel que desempeñan.

Indicios | Datos que pueden inferirse. Dotan de significado a los acontecimientos.

Recursos | Crea una epifanía literaria. Describe brevemente cómo lo harás.

Escribe el cuento (1200 palabras como máximo).

Cuando hayas terminado…

…toma conciencia de la forma como escribes respondiendo a las siguientes preguntas con base en el relato que has escrito.

  1. Argumenta que tu relato solo plantea un único conflicto.
  2. Argumenta que, en tu relato, se aprecia unidad en el ritmo.
  3. Argumenta que, en tu relato, la curva dramática sea ascendente hasta el desenlace.
  4. Argumenta por qué el desenlace de tu relato resulta sorprendente y por qué es coherente con el desarrollo de la trama.
  5. Comenta el papel que desempeña cada uno de los indicios en tu relato. ¿Cómo crees que el lector los entenderá? ¿Qué deseas que el lector interprete de los mismos?
  6. ¿Qué elementos corrientes aparecen en tu relato que adquieran tintes extraordinarios, y por qué?

Objetivos de la práctica

Te proponemos que planifiques y escribas un cuento de entre una página y dos como máximo (unos 4000 caracteres).

Los objetivos que pretendemos alcanzar son los siguientes:

  1. practicar las particularidades del cuento.
  2. respetar sus características esenciales. 
  3. practicar el proceso de planificación previa.
  4. conseguir que el relato sea el resultado de la planificación establecida.

Nivel

El ejercicio que te proponemos se puede calificar como de dificultad media. 

Práctica

Planifica la escritura de un cuento siguiendo el esquema que te proponemos:

 

Desarrollo de la idea central (máximo cinco líneas)

La protagonista se siente profundamente insatisfecha con su vida. Tanto, que, animada por su abuela, que se presenta ante ella con una mortaja que anuncia su muerte metafórica, decide desprenderse de todo lo vivido y ser fiel a sus principios, aunque tenga que abandonar a su familia.

Sinopsis (máximo diez líneas).

Mariana, tras la visión transformadora de un eclipse de luna, comienza a sentir una picazón extraña que se extiende a todo su cuerpo. Se trata de una manifestación física del sufrimiento psicológico experimentado durante años. No se siente bien consigo misma, así que decide desprenderse de su piel para descubrir su auténtica esencia. La presencia de su abuela la reconfortará durante el trance doloroso que implica la toma de decisiones irreversibles. Pero la nueva Mariana suscita rechazo en su marido y en su comunidad, que encuentra su conducta aborrecible, así que le hacen el vacío. Mariana, finalmente, se marcha, abrigada por sus nuevos ideales.

Personajes al servicio de la idea central | Protagonista

Marina. Una mujer profundamente insatisfecha. Es consciente de que la sociedad le hace representar un papel que no la define: el de esposa y madre devota. Su marido le es infiel, sus hijos se han acostumbrado a su vocación de servicio. Todos esperan que sea feliz asumiendo el rol que la sociedad le ha otorgado. Pero ella no se conforma. Necesita liberarse y encontrar su propio camino al margen de lo establecido. En el cuento asistiremos, en forma de metáfora, al momento en el que decide romper con lo establecido y liberarse. Es un proceso muy doloroso para ella, pero no hay marcha atrás.

Personajes al servicio de la idea central | Secundarios

La abuela Engracia la ayuda a tomar la decisión. De una forma drástica, la ayuda a afrontar su dolor y a dar sentido a su proceso de transformación. 

El marido representa los valores de una sociedad que rechaza a todo el que se atreve a contravenir las normas establecidas. Ante la profunda transformación que experimenta su esposa, vomita: es una manifestación del rechazo que siente. 

Personajes al servicio de la idea central | Figurantes.

Los vecinos, aconsejados por el sacerdote, máximo representante de los valores tradicionales asociados a la mujer, asocia la transformación experimentada con la intervención de Lucifer. La comunidad rechaza todo lo que no puede comprender, lo aísla.

La construcción de la metáfora | Elementos simbólicos y papel que desempeñan.

La metáfora que he compuesto ilustra el inicio de un proceso de transformación doloroso por parte de la protagonista, que le permitirá liberarse de una vida de infelicidad permanente para abrazar las posibilidades del cambio. La toma de decisiones resulta extremadamente dolorosa, pero asume el sufrimiento con la esperanza de saborear la libertad.

Los símbolos:

  1. El eclipse de luna. Momento de transformación. En algunas culturas se asocia a una disputa entre deidades en conflicto. En este caso, simboliza la luz y la oscuridad. En mi propuesta, el conflicto lo experimenta la protagonista, que intenta integrar sus luces y sus sombras. El eclipse de luna pone de manifiesto el resultado de procesos de introspección y liberación. Dejando atrás lo que no sirve para manifestar nuevas intenciones y propósitos.
  2. Pentagrama o estrella plateada de cinco puntas. Representa la protección y la conexión con los elementos: tierra, aire, fuego, agua y espíritu. También representa la unión de lo físico con lo espiritual. El hecho de que sea plateada alude al denominado, en entornos místicos, cordón de plata, que une cuerpo y espíritu y que se rompe cuando llega la hora de la muerte, en este caso, metafórica. 
  3. Mariposa negra. Representa la transformación que se produce tras una experiencia difícil y dolorosa. A través de la oscuridad o el sufrimiento se puede encontrar una nueva forma de ser o perspectiva. También se asocia con la ruptura de viejas ataduras o creencias que ya no sirven posibilitando un renacimiento profundo y significativo.

La mariposa negra en entornos esotéricos alude a cambios importantes. Este insecto constituye un símbolo de protección, transformación, resiliencia y belleza, que puede surgir de las experiencias más oscuras.

Indicios | Datos que pueden inferirse. Dotan de significado a los acontecimientos.

Los indicios de lo que realmente ocurre se hayan ocultos en la metáfora del proceso de desprendimiento de la piel. En primer lugar, el prurito, que constituye una manifestación del estrés soportado. El picor crece hasta resultar insoportable. Resulta tan insoportable, que Marina decide arrancarse la piel. 

Su encuentro con su abuela en el dormitorio, mientras cose una mortaja en la que aparece una estrella plateada de cinco puntas, constituye un indicio de que la muerte metafórica de la protagonista está a punto de ocurrir. Y con su muerte, alumbra el proceso de transformación que necesita para ser feliz.

La abuela la ayuda en este proceso proporcionándole lo que necesita para liberarse, pero le advierte que su decisión le comportará un gran sufrimiento.

Finalmente, el cadáver desprovisto de su piel yace en la bañera como los restos de una mariposa que se ha liberado de la crisálida. El marido, al verla, vomita ante el cambio radical experimentado por Marina. Es una manifestación del rechazo que siente ante una mujer que se revela. Lo mismo ocurre cuando, al final, la comunidad la rechaza. Pero ella, fiel a sus principios, completa su proceso de transformación, que se manifiesta en forma de mariposa negra. Y, finalmente, vuela libre.

Recursos | Crea una epifanía.

La piel de Mariana se desprende y desaparece por el sumidero de la ducha. En este momento, ella toma conciencia de que el agua arrastra todo su malestar y, de pronto, siente que todo cobra sentido. Está a punto de descubrir lo que queda de ella después de dejar atrás la amargura y la insatisfacción vital que viene experimentando desde que contrajo matrimonio. Habiéndose deshecho de la piel gruesa de las mujeres renuncia a su vida y renace a una nueva existencia sin temor a lo desconocido.

Escribe el cuento (1200 palabras, máximo).

LA GRUESA PIEL DE LAS MUJERES

Mariana intentaba arrancarse la piel mientras se la frotaba con un estropajo de níquel debajo de la ducha. La abuela Engracia le contaba a menudo que la piel que cubría a las mujeres era como un manto grueso que las hacía invisibles, así que no le quedaba otra que arrancársela si quería dejar de serlo. 
Minutos antes, había observado el eclipse de luna anunciado desde hacía semanas en los informativos. Mariana había observado fijamente el universo desde los amplios ventanales de su dormitorio y, ante el fenómeno, había experimentado una sensación de tristeza viejuna que le resultaba lamentablemente familiar. Cuando el satélite cubrió el astro rey se sintió poderosamente atraída por su influjo. 
Mientras contemplaba el baile de la luna sintió una especie de prurito incómodo, un cosquilleo inquietante que comenzó en los brazos y que, poco a poco, se fue manifestando en cada rincón de su cuerpo. Lentamente, el cosquilleo producido por tantos años de insatisfacciones, desencuentros y soledad, se transformó en una quemazón profundamente irritativa, desesperada.
En aquel momento, experimentó la necesidad irrevocable de proporcionar un alivio definitivo a la indiferencia durante tantos años soportada, a ese estado de violenta insatisfacción que se había materializado en forma de aquel prurito fastidioso.
Cuando no pudo soportar la irritación decidió que ya había tenido suficiente. Se olvidó de la luna, corrió hacia el cuarto de baño y se preparó para el ritual de limpieza. Por fin se había decidido. Los filamentos del níquel empapados de agua y de una dosis razonable de sosa cáustica arañaron la piel, produciendo surcos profundos y sanguinolentos. 
Pero, aunque frotaba con todo el dolor de su corazón, ese manto tejido sobre su cuerpo durante generaciones estaba revestido de una resistencia infame. Estaba soldado a los tejidos y no conseguía arrancárselo. 
Cuando salió de la ducha, la piel ardía. Se había convertido para ella en un ente vivo que ya no sentía como propio. Se contempló en el espejo enturbiado por el vaho. A pesar del dolor lacerante que experimentaba, sonrió. El rojo vivo y las ampollas acuosas y blanquecinas, que habían aparecido en su rostro, en sus brazos, en sus piernas, en sus pechos y en su vientre, mostraban que el infame caparazón podía desprenderse. ¿Cómo puede una persona odiar estar en su propia piel? Les aseguro que puede.
Salió del baño envuelta en una toalla y se dirigió a su dormitorio. Engracia, su abuela materna, fallecida meses atrás, estaba allí, tejiendo una mortaja. Ella, apenas levantó la mirada de la labor. Mariana hizo un gesto de dolor y se sentó sobre la cama.
—Yo tenía sueños…—Miró a su abuela y experimentó una sutil aprensión mientras se frotaba el cuello con la toalla. 
Engracia sonrió y arqueó las cejas sin dejar de coser. Estaba bordando una estrella de plata sobre el tejido delicado de fino algodón. 
—¿Desde cuándo soñamos las mujeres? —preguntó. Después permaneció en silencio—. Esto ya está. —La anciana arrancó el hilo sobrante con los dientes, después de rematar la última puntada.
—Lo que más deseo es ser libre.
—¿Aunque te duela?
—Aunque me mate. Porque encerrada en esta piel ya no quiero vivir.
—Si realmente lo deseas, te ayudaré. Pero lo hecho no podrá deshacerse…
Ambas mujeres se contemplaron. Mariana asintió:
—Lo deseo. No soporto más esta sensación de permanente indiferencia.
Entraron juntas en el baño y ella miró interrogante a la anciana, que llevaba la mortaja doblada sobre su brazo. La dejó encima del banquito que había junto a la bañera, que llenó de agua perfumada hasta que comenzó a desparramarse por las baldosas negras del suelo. A un gesto de su abuela, Mariana soltó la toalla, se introdujo en el agua y chilló.
—¡Está hirviendo! —Se lamentó—. No lo soporto…
—El procedimiento es doloroso, pero efectivo —aseguró mirando fijamente a su nieta. Tienes que aguantar. Cuanto más caliente esté el agua, menos te dolerá.
Mariana asintió. Su respiración se notaba agitada a causa de la altísima temperatura.  El agua, casi en estado de ebullición, la cubría hasta el cuello. La estancia estaba envuelta en un vaho denso, caliente y opaco. Estaba al borde del desmayo, pero resistía.
Entonces, la abuela cogió una botella negra, le quitó el tapón y se dispuso a echarle un líquido espeso por encima. El perfume de las rosas en primavera invadió la estancia.
—Ahora, piensa en algo bonito.
Cerró los ojos. La mente de Mariana se trasladó a la cabaña en la que había vivido durante su infancia. Su mente se perdió en la corriente poderosa del río. Se introdujo en el agua fresca, chapoteando, y decidió quedarse allí, envuelta en la fragancia de las hierbas altas y en la brisa suave de los sauces. 
De pronto, sintió un calor violento, corrosivo, que recorría todo su cuerpo. Sintió que se ahogaba y se abrazó a su piel abrasaba. Emitió un quejido lastimero.   
—Piensa en algo bonito —susurró la abuela, que era dulce y sabia.
—Estoy sentada junto a la tumba de mamá (voz ronca y lágrimas). Asiente y me sonríe… 
La abuela siguió echando el líquido denso y agradablemente perfumado sobre el cuerpo de la muchacha hasta que la piel se hizo jirones. Los restos sanguinolentos de piel abrasada, cáustica, eran arrastrados por los pequeños remolinos de agua hacia el sumidero. 
Ahora, Mariana estaba sumida en un estado de profundo bienestar doliente. «Oh, abuela querida. Ya no siento la indiferencia. ¡Se disuelven en el agua la mala vida y el amor mentiroso! Se desintegran los años de profunda entrega no correspondida.  Ahora siento que, a pesar de este sufrimiento rotundo, está a punto de revelarse mi auténtica esencia…».
La piel femenina se había agrietado, cuarteado, desconchado y desprendido como la cal se desprende de las paredes a causa de la humedad persistente. En la bañera solo quedaron restos de carne chamuscada, vestida de un negro profundo, irreconocible y horriblemente mutilada. 
El dolor desapareció poco a poco, pues todos sabemos que la muerte, cuando uno la desea, se hace esperar, pero acabó desapareciendo. 
Ahora Mariana se sentía renacida. Por fin sería tenida en cuenta. Formaría parte de la historia del pueblo y sus hijos y su marido la tendrían, por fin, presente. Tejerían gratos recuerdos que harían que permaneciese en sus memorias para siempre. No la olvidarían. La verían en sus sueños y desearían no haberla ignorado jamás.
Al atardecer, su marido la encontró desnuda en la bañera, descarnada, despellejada, cubierta solo apenas por la bella mortaja. De la impresión se quedó clavado en el suelo. Se llevó un pañuelo a la cara: los vapores de la decisión tomada por su esposa, siempre sumisa, seguían produciendo estragos en su cuerpo. Se acercó y quiso adivinar una especie de sonrisa descarnada. Entonces, vomitó.
El párroco aconsejó que la casa se precintase con el cadáver dentro. Y así se hizo. Lo dejaron tal como lo encontraron, pues se pensaba que un acto así necesariamente había sido infundido por el mismísimo Lucifer. 
Solo algunos percibieron un detalle esclarecedor:  una bella mariposa negra como el carbón y brillante como la luna llena revoloteaba sobre las cabezas de aquellos que se atrevían a rezar por el alma de la difunta. Lo hizo durante un tiempo y, después, desapareció.
Durante generaciones, Mariana permaneció en la memoria de todos. Ella, sin embargo, se esforzó en olvidar.

 

  1. Cuando hayas terminado…

…toma conciencia de la forma como escribes respondiendo a las siguientes preguntas con base en el relato que has escrito:

 

  1. Argumenta que tu relato solo plantea un único conflicto.

Trata un único conflicto: el proceso de transformación que experimenta la protagonista, que decide desprenderse de lo viejo para abrirse camino a nuevas experiencias.

 

  1. Argumenta que, en tu relato, se aprecia unidad en el ritmo.

El ritmo interno del relato es pausado, pero no lento. Y así se mantiene desde el inicio hasta el desenlace.

 

  1. Argumenta que, en tu relato, la curva dramática sea ascendente hasta el desenlace.

La curva dramática se puede considerar ascendente en tanto que la transformación progresiva del personaje, que se manifiesta a través de la metáfora, viene cargada de tensión y esta aumenta hasta el desenlace: el momento en el que el marido encuentra su cadáver en la bañera.

Los últimos dos párrafos desempeñan el papel de un breve epílogo.

  1. Argumenta por qué el desenlace de tu relato resulta sorprendente y por qué es coherente con el desarrollo de la trama.

El desenlace resulta sorprendente en tanto que la metáfora compuesta lo es. La sorpresa proviene del entendimiento de lo que ocurre. Se trata de proporcionar indicios que permitan al lector facilitar la comprensión de la metáfora. Ahí radica el interés del relato. 

  1. Comenta el papel que desempeña cada uno de los indicios en tu relato. ¿Cómo crees que el lector los entenderá? 0 ¿Qué deseas que el lector interprete de los mismos?

Los indicios, en ocasiones, resultan evidentes, como el proceso que lleva a la protagonista a desprenderse de su propia piel. Pero me interesaba que el texto no resultase demasiado explícito. De ahí al recurso a los elementos simbólicos. Prefiero que el lector piense en el relato porque no acaba de comprenderlo y que este pueda originar un debate, a que desde el inicio veamos claramente qué tema se trata.

  1. ¿Qué elementos corrientes aparecen en tu relato que adquieran tintes extraordinarios, y por qué?

Por un lado, la entrada en escena de la abuela fallecida. Y, por otro, como ya he explicado, el recurso a la metáfora para explicar una realidad que muchas mujeres vivieron alrededor de los años cincuenta, sesenta, en Europa. Incluso, es posible que algunas mujeres pertenecientes a ciertas culturas patriarcales se sientan así hoy en día. El relato pone de manifiesto la dificultad, el dolor y la soledad que sufren las personas que, tras vivir una vida infeliz, deciden romper con lo establecido, a pesar de lo que implica: la ruptura, en algunas ocasiones, con la familia y con la comunidad.

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