Mediados de septiembre, ya. Muchos de vosotros todavía estáis de vacaciones, apurando los últimos días. Yo no sé si os pasa lo mismo que a mí, pero el contacto con la naturaleza, el abandono momentáneo de las rutinas draconianas que nos imponemos durante buena parte del año, hacen que el pensamiento creativo fluya mejor. Es, en este sentido, un momento ideal para practicar el arte de la fabulación. Y a ello dedicaremos el presente artículo.

El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española propone dos acepciones para el verbo fabular. La primera, define esta acción como inventar, imaginar tramas y argumentos.

Pero la que me interesa en este momento es la segunda, que define el verbo fabular como la acción de inventar cosas fabulosas. Y de esto trata el ejercicio que os voy a proponer: explorar los límites de la realidad para encontrar lo insólito en el marco de lo cotidiano.

Armados, pues, con nuestro arcaico material (libreta y boli), daremos un paseo. Hay un parque cerca del hotel donde estoy pasando las vacaciones en Pianoro, un pueblecito bellísimo situado en el norte de Italia, en la Emilia-Romagna. Es una amplia zona verde; la atraviesa el río Fontanelle que, a pesar del calor, mantiene su caudal. Puedes recorrerlo en barca. A esta hora, seguro que hay niños jugando y padres charlando entre ellos, así que me dirijo hacia allí.

  1. Lo primero que hago es observar

Observo con atención todo lo que me rodea. Sé que, en un momento u otro, algo me llamará la atención y así sucede: una mujer joven sentada en un banco, muy cerca del río, le lee un cuento a una chiquilla de unos seis años, que la escucha embobada y sonríe. Ambas sonríen. Parecen felices.

Hago una fotografía de este momento: voy a trabajar sobre él.

  1. Para empezar a fabular introduzco un detalle inquietante en la escena

Es lo que tiene escribir ficción, que, con el tiempo, uno afina sus sentidos de una manera prodigiosa. Aunque me encuentro a tres o cuatro metros de distancia, escucho claramente lo que la madre (quizá sea su madre) le está leyendo a la niña en susurros:

El segundo ángel tocó la trompeta, y como una gran montaña ardiendo en fuego fue precipitada en el mar; y la tercera parte del mar se convirtió en sangre. Y murió la tercera parte de los seres vivientes que estaban en el mar, y la tercera parte de las naves fue destruida.

El tercer ángel tocó la trompeta y cayó del cielo una gran estrella, ardiendo como una antorcha, y cayó sobre la tercera parte de los ríos, y sobre las fuentes de las aguas. Y el nombre de la estrella es Ajenjo. Y muchos hombres murieron a causa de esas aguas.

¿Lo veis? Ya he empezado a fabular.

  1. En tercer lugar, reforzaré el significado simbólico de la imagen creada a partir de ese

primer momento que le he secuestrado a la realidad.

 

La mujer guarda el libro en su bolso y la niña señala el río. Entiendo, desde la distancia, que le propone un paseo en barca y la joven asiente (continúo fabulando, claro). Voy a darle un sentido práctico a la imagen creada reforzando, como os he explicado antes, su valor simbólico.

La madre rema hacia un lugar discreto y se detiene. Me mira. Aparto la mirada, pero es demasiado tarde: se ha dado cuenta de que he visto lo que acaba de suceder. Con discreción, ha sacado de su bolso un saquito y ha vaciado su contenido en las aguas juguetonas, que se van tornando negras. La substancia se expande tan rápido, tan letal como un cáncer. Es una impresión subjetiva, lo sé, pero es lo que siento.

Miro a mi alrededor y veo que nada ha cambiado. La gente sonríe. Los niños chapotean en la orilla, contentos, animando a sus padres a darse un chapuzón. La mujer y la niña ya no están. Dispuesta a exorcizar mis temores, me acerco a la orilla del río, introduzco las manos en el agua, que ha recuperado su transparencia habitual y suspiro aliviada: hay que ver la de fantasmas que puede crear la mente. Me lavo la cara y el agua clara me sabe profundamente amarga. Tan amarga como el ajenjo.

Podemos dejar el ejercicio aquí. Al llegar a casa desarrollaré la escena a partir de este primer esbozo. Podemos rescatar diferentes momentos durante nuestro paseo y componer una primera versión de cada escena a partir del procedimiento que os he comentado y que resumo a continuación:

  1. Estudio la realidad, observo lo que ocurre a mi alrededor y realizo una fotografía de un instante que me haya llamado la atención.
  2. Empiezo a fabular introduciendo un detalle inquietante en la escena.
  3. Refuerzo el valor simbólico de la escena creada a partir del momento rescatado.
  4. A partir de este primer esbozo, desarrollo la escena con calma.

 

Podemos cerrar el final o dejar que el lector lo imagine. En este caso, resulta inquietante que la joven (suponemos que es su madre) le está leyendo a la niña un fragmento del libro del apocalipsis (8:11). No lo indico de manera explícita, pero es algo que se puede deducir con facilidad. Es inquietante e inesperado. He conseguido la atención del lector.

Para reforzar la amenaza implícita en el texto introduzco un nuevo elemento que refuerza su valor simbólico: la joven echa una substancia en el río. Una substancia amarga como el ajenjo, una planta muy venenosa que, en tiempos antiguos, se consideraba letal: Una predicción del pasado se ha cumplido en una escena que he inventado a partir de un momento real.

Os recomiendo que pongáis en práctica este procedimiento al menos un par de veces a la semana; así reforzaréis el pensamiento creativo y os resultará más sencillo encontrar realidades alternativas en nuestro previsible universo cotidiano.

¡Feliz día!

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