Cuando el personaje asume un desafío que implica el abandono de su mundo ordinario donde se siente seguro, confiado y protegido, para asumir el propósito que un acontecimiento  inesperado lo impele afrontar, ignora que, aunque su viaje finalmente termine con su muerte obtendrá un premio, una recompensa que será valiosa a pesar de las heridas físicas recibidas: un mayor grado de conciencia de sí mismo. En este sentido, podemos decir que el protagonista de nuestra historia siempre se proclamará vencedor en lo que a su misión se refiere. La muerte física  no le impedirá tomar conciencia en ese último momento clave de quién es en realidad, del lugar que ocupa en el mundo y de su papel en los acontecimientos que lo han conducido hasta allí

La recompensa que el héroe recibe en el momento de su muerte, según Vogler (El viaje del héroe), consistirá en que, por primera vez, se verá a sí mismo con total lucidez. Como indica este autor «los espejismos de su existencia serán sustituidos por la claridad y la verdad desnudas». Desde este punto de vista, la muerte del héroe no implica un final desastroso si el protagonista, en ese momento, experimenta un proceso de trascendencia espiritual, de conexión con la divinidad, de la cual se siente partícipe.

A este momento de trascendencia lo conocemos con el nombre de epifanía literaria. En ese instante trascendental el héroe toma conciencia de que es un ser sagrado y que está conectado a todas las cosas: las divinas y las humanas. James Joyce amplía el concepto descrito por Vogler asumiendo que el protagonista en el momento en que experimenta la epifanía percibe de manera súbita la esencia de todo lo creado.

Es posible que finalmente el héroe sobreviva a la muerte. Si esto sucede, su percepción sobre el significado de la vida y de la muerte aparecerá profundamente transformada; el protagonista será plenamente consciente de sus propias limitaciones, mucho más humilde. Mucho mejor persona.

En ocasiones, a veces dependiendo de nuestro estado de ánimo, los escritores tendemos a percibir como necesaria la muerte del protagonista. Es posible que, tal como se ha desarrollado el relato, su fallecimiento sea lógico, coherente y hasta cierto punto necesario. Pero puede suceder que nuestro propio estado de ánimo durante el proceso de escritura lleve al personaje a la muerte. Cuidado con esto. Y si finalmente sucede, si el héroe regresa al mundo ordinario en un ataúd, habrá experimentado su epifanía, un proceso de crecimiento espiritual que lo llevará a conformarse con su situación y, por tanto, también al  lector.

Si el protagonista finalmente fallece, tiene que dejar un legado en el mundo ordinario. Esa será su recompensa a pesar de que ya no esté en nuestro mundo terrenal: haber transformado de alguna manera la vida de los personajes que lo han acompañado en su aventura y, también, la vida de aquellos que decidieron esperar su regreso en el mundo ordinario. A pesar de la muerte física, el protagonista siempre sale victorioso de la aventura emprendida.

Para terminar, te animamos a que compongas una escena donde se produce la muerte del protagonista teniendo en cuenta estos aspectos que te acabamos de indicar.

¡Ánimo y adelante!

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