Me doctoré en Ciencias de la Educación en el año 2000, así que he investigado durante años la manera como los niños, los jóvenes y los adultos aprenden materias diversas. Siempre me he interesado por la manera como se desarrollan los procesos de enseñanza y aprendizaje en general y, en concreto, los que están directamente relacionados con mi práctica profesional como editora de mesa, asesora literaria y profesora de narrativa.

Pronto terminará el mes de septiembre y llegará el momento de plantearnos nuevos retos para la etapa que comienza. Para muchos escritores un nuevo reto puede ser, por ejemplo, conseguir aprender un concepto que se nos atraganta o avanzar en nuestro proceso de aprendizaje como narradores. Conozco muchos autores que atraviesan etapas en las que sienten que no progresan y se cuestionan su talento y sus capacidades cuando, lo que sucede en la mayoría de los casos, es que no están aprendiendo con base en una metodología que se adapte a sus estilos cognitivos. Aclaremos este punto.

La forma como aprendemos depende de la manera como percibimos la realidad, de la forma como procesamos la información, de las estrategias que utilizamos para vincular los nuevos conocimientos con los que ya hemos adquirido. Y cada persona tiene su propio modo de integrar los nuevos aprendizajes, porque cada uno de nosotros tenemos diferentes estilos cognitivos. Esto es algo que los docentes en la enseñanza reglada lo tenemos muy presente. A continuación, veremos cómo aplicar estos conceptos en la enseñanza de la narrativa.

Los diferentes estilos cognitivos: implicaciones prácticas

El concepto de estilo cognitivo lo introdujo G.W. Allport en 1930 y lo reformuló y desarrollo Howard Garner. Para explicarlo de un modo sencillo diremos que hay personas que aprenden mejor estudiando conceptos mediante textos escritos. Otras personas, sin embargo, aprenden con mayor facilidad conceptos que se les presentan en forma de imágenes u audiovisuales. Cada uno de nosotros procesa la información de manera distinta, así que un método que resulta efectivo para unos no tiene que serlo necesariamente para otros. Lo que ocurre es que, en general, en las escuelas de escritura se trabaja sobre material textual. Esto está indicado para personas cuyo estilo cognitivo concuerde con esta metodología de trabajo, pero si no sucede así, el aprendizaje de la narrativa puede resultar arduo y descorazonador. Y esto sucede a menudo porque, como ya he dicho antes, cada persona procesa la información de manera distinta. Quizá seas una de esas personas a las que (parece que) les cuesta tanto asimilar determinados conceptos propios de la escritura de ficción. Si es así, no te preocupes, porque hay formas muy diversas de aprender a contar historias que, tal vez, sean más respetuosas con tu manera de procesar la información.

Veamos, ahora, algunas implicaciones prácticas.

¿A escribir se aprende leyendo?

Esta expresión se ha convertido en una afirmación categórica: A escribir se aprende leyendo. Pero, para no faltar a la verdad pedagógica, tenemos que convenir que esto no es del todo cierto. Podríamos afirmar sin faltar a la verdad que resulta importante estudiar la forma como autores representativos han utilizado y utilizan determinadas técnicas y estrategias narrativas para componer sus relatos. Para aprender siempre necesitamos conocer los referentes. Pero tan cierto como esto es que, a una persona cuyo estilo cognitivo es predominantemente visual, le costará muchísimo comprender e integrar conceptos estudiando exclusivamente textos. Esto es así porque su cerebro procesa la información de otro modo. Y es muy común.

Pongamos un ejemplo…

Como asesora literaria, he comprobado que a muchos autores les cuesta identificar los componentes de una escena cuando trabajan sobre textos escritos por otros autores, a pesar de haber comprendido bien los conceptos. Sin embargo, el trabajo con base en ejemplos visuales o audiovisuales les facilita mucho la tarea de identificación.

Eso significa que la visualización de películas bien seleccionadas les permitirá comprender con mayor facilidad todo lo referente a la composición de escenas. ¿Por qué? Simplemente, porque procesan la información de manera distinta.

Nuestro sistema educativo (reglado y no reglado) tiende a uniformar. A pesar de los importantes avances tecnológicos, continuamos trabajando sobre textos o libros de texto, aunque presentemos la información en otros soportes como tablets u ordenadores. Al menos, es así en la materia que nos ocupa (por regla general).

Cuando explico a los autores con los que trabajo las diferentes técnicas narrativas acostumbro a partir de ejemplos cinematográficos, porque, desde mi experiencia, hay conceptos que se aprenden con mayor finalidad si los visualizamos en primer lugar.

También resulta más sencillo, por ejemplo, iniciarse en la composición de escenas visualizando en nuestra mente una imagen teatral que, al ser fija, se parece más a las escenas que creamos por escrito. En una película, los planos cambian de forma rápida y acostumbran a ser muy numerosos, así que, al imaginar una escena teatral, nos resultará más sencillo plasmarla en papel posteriormente.

También resulta útil visualizar personajes redondos en movimiento cuando estamos empezando a crear personajes. En una película bien seleccionada, con actores que interpretan bien a sus personajes, los vemos en movimiento; nos resulta más fácil asimilar sus gestos, las conductas que conforman su personalidad, la manera como el entorno los define. Una vez hemos visto en acción a un personaje cinematográfico o teatral redondo nos resultará más sencillo trabajar los mismos conceptos en novelas o cuentos.

 Para aprender, visualizar es imprescindible

Estamos escribiendo una novela. Imaginemos la primera escena. Imaginémosla en un contexto, un teatro, por ejemplo. Como autores, estamos sentados en los primeros bancos viendo a nuestros personajes interpretar los papeles que hemos escrito para ellos. Bien. Pero estamos en una posición alejada, ¿verdad? Si narramos lo que vemos desde esa posición la experiencia de lectura que proporcionaremos se percibirá desde la lejanía. Esto puede ser interesante en ocasiones y en otras no. Depende…

Ahora nos levantamos y subimos al escenario. En este momento estamos situados en el mismo plano que los personajes, así que lo que vemos, lo que oímos, será posiblemente distinto. Cuando estás más cerca percibes detalles que desde platea te pasarían, probablemente, desapercibidos. Narrando desde esta posición, la experiencia de lectura resultará probablemente más íntima, más cercana.

Cuando hemos comprendido los conceptos mediante el apoyo de audiovisuales podremos pasar a analizar los referentes; en este momento procesar la información escrita le resultará al aprendiz más sencillo, porque ya ha asimilado los fundamentos de acuerdo con su estilo cognitivo.

Como profesora de narrativa, en muchas ocasiones prefiero preparar mis propios ejemplos que recurrir, de entrada, a los autores de prestigio desconocido. ¿Por qué? Porque los preparo concienzudamente para que el concepto se comprenda. Si estoy practicando la teoría del Iceberg de Hemingway me resulta, como pedagoga, más sencillo desarrollar un ejemplo práctico donde se observe con claridad el desarrollo de esta técnica en una secuencia de escenas, que hacer que un autor comprenda la técnica a partir del análisis de una novela. Esto también lo hacemos, pero en un segundo momento, cuando el aprendizaje técnico se ha consolidado y practicado.

A escribir se aprende…

Sería pues, más acertado desde mi punto de vista, afirmar que a escribir se aprende leyendo autores representativos, visualizando películas bien seleccionadas, obras de teatro especialmente bien resueltas, trabajando con audiolibros…

Explorando formas narrativas diversas descubriremos con el tiempo cuál es nuestro estilo cognitivo dominante, de qué manera aprendemos con mayor facilidad. Porque todos y todas tenemos la capacidad de aprender durante toda nuestra vida un sinfín de contenidos diversos. Pensemos entonces. ¿No será que, en lugar de algo zoquetes, lo que ocurre es que necesitamos experiencias distintas a la hora de aprender? Ya te digo yo que, si quieres, puedes.

¡Palabra de profesora!

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