El placer de escribir sobre uno mismo

Es muy difícil escribir sobre aquello que no se conoce. Por este motivo, resulta gratificante hacerlo sobre uno mismo. En primer lugar, porque, en nuestra biografía, se esconde una historia que merece ser contada. En segundo lugar, porque nos brinda la posibilidad de experimentar un crecimiento personal. Como escritores, nos permite visualizar con claridad los escenarios donde transcurren los hechos, porque hemos estado en ellos. Podemos construir personajes creíbles porque partimos de una biografía, de una identidad y de una personalidad que conocemos muy bien: la nuestra. Sabemos cómo se siente el protagonista porque hemos vivido el conflicto que experimenta, no tenemos que imaginar el desarrollo verosímil ni aventurar un desenlace creíble, porque ya lo es. Solo tenemos que recrearlo para ofrecerlo al lector desde una mirada distinta, enriquecedora.

La autoficción consiste en escribir sobre uno mismo. Conviene hacerlo practicando el extrañamiento, es decir, rememorando nuestras vivencias como si pertenecieran a otra persona, como si te observaras espiándote por el ojo de la cerradura, siendo, a la vez, como indica Silvia Kohan, narrador y objeto de lo narrado.

¿Por dónde empezar?

Como indica Lawrence Durrel, «la mayor parte de la autobiografía se encuentra en los lugares, los escenarios, los ambientes.» Es así porque ciertos lugares constituyen el encuadre de nuestros recuerdos, que, a su vez, conforman el grueso del material con que contamos para componer nuestro relato.

Si quieres escribir sobre ti, te animo a que construyas el mapa de tus pasos. Colecciona momentos relevantes de tu historia y sitúalos en un espacio concreto. Anota las palabras que mejor definen la emoción que experimentaste en aquel instante. Anota los olores, texturas y sonidos que te resulten evocadores. Empieza desde tu infancia y, a modo de flashes, avanza hacia el presente.

Dibujando el mapa de tus pasos

Por si te sirve de ayuda, voy a compartir contigo el mapa de mis pasos…

Hospitalet. Calle Martí Blasi. Tenía tres años. Mi padre llegaba a casa después de trabajar. Recuerdo el pasillo oscuro. Yo lo esperaba allí. Lo escuchaba subiendo por las escaleras. Sabía que era viernes porque me traía un cuento: recuerdo El corderito bee. El vecino tocaba la trompeta y me distraía de la lectura. Siento nostalgia porque mi padre ha fallecido y, rememorando aquel momento, he vuelto a escuchar su voz. Escucho el crepitar del aceite en la sartén: mi madre fríe las croquetas. Me viene a la mente el olor de las manos de mi padre: acero y aceite industrial: era fresador.

Hospitalet. Colegio San Nicolás. Una mañana en el gimnasio. Tendría siete u ocho años. El profesor de educación física levanta a un niño y lo mantiene suspendido en el aire agarrándolo, solo, de las orejas. Era mi amigo y gritaba, y yo experimentaba por primera vez el dolor ajeno como propio. Recuerdo haber sentido impotencia, miedo y rabia. Empatía.

Hospitalet. La Plaza de la Iglesia. Nueve años. Rescato el momento en que aprendí, de forma inconsciente, la vanidad. Mi madre me había hecho un vestido largo azul cielo. Hasta los pies. Lo estrenaba aquella tarde y a mis amigas les encantó. Me sentí radiante, especial, única.

Calle Morabos. En casa de Manoli, mi mejor amiga. Me daba mucha envidia que tuviera una maleta llena de libros. Cuando iba a su casa no quería jugar, solo leer. Quería esos libros para mí. Un día me los regaló: aquel momento fue uno de los más felices de mi vida.

Calle Martí Blasi. Allí vivía mi prima Loli, que fue mi mejor amiga durante mi infancia. Recuerdo que, a veces, comíamos juntas. Yo nunca tenía hambre, así que un día me llené la boca de sardinas y las tiré al retrete. Mi prima me guardó el secreto: aquel día aprendí lo que significaba tener un cómplice.

El piso de mi tía Itos. Cuando yo era pequeña estábamos muy unidas. Recuerdo que me llevaba a su casa e intentábamos poner en marcha el Cinexin, que me habían traído los reyes. Experimenté desilusión y enfado, porque las películas no se veían como decían en la televisión. Mentira…

Cintruénigo, el pueblo de mi madre. La casa vieja. Rincones para esconderse, celebraciones familiares, noches de confidencias con mi tía Trini, con quien compartí los secretos de mi adolescencia. De ella aprendí que uno se hace mayor sin darse apenas cuenta. Recuerdo gallinas en el corral y conejos. Me daban miedo. Recuerdo a mi abuelo subiéndome a la bicicleta y paseándome por el pueblo. Sentía su orgullo y su cariño. Y yo, sentía admiración. El pueblo me sabe al abadejo que cocinaba mi abuela Concha, a sus patatas fritas crujientes, a Roque, el perro que me enseñó que los animales aman con todo su corazón. El pueblo me sabe a la ilusión del primer amor y, también, a las lágrimas derramadas cuanto las vacaciones terminan.

Villameá, Galicia. El pueblo de mi padre. Noches muy oscuras, historias de lobos, casas de pizarra y empanada gallega. Mi primer paseo en burro (qué miedo), vacas enormes paciendo, el chirrío de las ruedas de los carros arrastrados por los bueyes. El agua dulce, correrías nocturnas y cielos estrellados. Recuerdo que dormíamos en colchones de maíz y también recuerdo arañas enormes. Familia, hogar, paz, alegría, bienestar.

El comedor de mi abuela Juanita. Cuando era niña pasé muchas tardes con ella aprendiendo ganchillo. Tendría unos diez años cuando me hice la primera falda. Experimente satisfacción, orgullo. Sentía que era capaz de hacer grandes cosas.

En casa de mi madre. Recuerdo una tarde en que mi tía Itos me trajo un regalo: una máquina de escribir, una Olivetti 36. Con ella compuse mi primera novela: tenía doce años. Aprendí que el Tippex era un gran invento.

En ese momento descubro mi yo creativo. Sueño con ser escritora, pinto, descubro el placer de la música. Soy consciente de las cosas que me hacen feliz, de lo que quiero ser de mayor.

Hospital Clínico. Es de noche. Mi padre y yo regresamos a casa. Mi madre nos saluda desde la ventana. Me echo a llorar: por primera vez soy consciente de que las personas a las que amamos se pueden morir.  

El instituto Ausias March. Segundo de BUP. Mi profesor de gimnasia me insulta delante de toda la clase. Experimento soledad y la necesidad de tener un amigo. Rabia, impotencia, odio, inseguridad, miedo.

Escuela de música Jam Session. Mi hija y yo aprendemos a tocar el piano. Siento que soy especial para alguien. La palabra mágica de este momento es compartir. El sentimiento que lo define es el amor incondicional. Alegría, responsabilidad, estabilidad… los viernes de pizza y las películas Disney.

Ananda. Punto de reunión de mis mejores amigas. Risas, lágrimas, colores vivos, proyectos compartidos, fiestas de cumpleaños, auténtica amistad.

El peor momento. A Mi marido le diagnostican un cáncer. A los pocos meses, muere mi padre. Desgarro, miedo, angustia, bloqueo, dolor, amor, esperanza, resignación. Recuerdo la tortilla de patatas de mi madre, el olor a lejía de la cafetería del hospital y los abrazos de mi hermana. Busco consuelo. Abrazos extraños, tristeza compartida, quimioterapia, incertidumbre, complicidad y comprensión ante el dolor ajeno. Compasión. Túnel, oscuridad, pesadillas.

Hospital de San Pablo. De madrugada, Mi marido se muere. Mi hermana me abraza, ella siempre está ahí. Lloramos juntas. Empatía, conexión, amor, vacío. Acaricio las manos de mi marido para guardar memoria del tacto de su piel. Mi hermana le pasa una toallita húmeda por la frente y le susurra: Todo está bien. Carlos, eres tan valiente… Soledad, impotencia, miedo, rabia, desesperación y volver a empezar, volver a ilusionarse, a redefinirse. Es hora de contar otra historia…

Italia. Bolonia. Miro las fotografías que mi hija me envía desde su casa. Ya vuela sola. Siento miedo, soledad, la echo de menos. Pérdida. Echo de menos a Kuzco, nuestro perro. Siento orgullo, y caigo en la cuenta de que no me había dado cuenta de que ya soy mayor.

Mi casa. Pienso en que pronto me haré una sopita caliente. Me he emocionado escribiendo este artículo. En este momento escucho a mi gato que ronca acurrucado en el sofá.

Y ahora te toca a ti.

Dibuja el mapa de tus pasos. Es un ejercicio que te ayudará a reconocerte, a recordarte, a evocar aquellos momentos que te permitirán reescribirte, reinventarte, mostrarte a los demás desde una perspectiva única, extraordinariamente vívida, maravillosamente singular.

Cuéntame. Si te decidieras a plasmar un momento de tu vida, ¿cuál escogerías?

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