Un escritor precisa de conocimientos y habilidades que, con el tiempo, adquiere de formas diversas: a través de la realización de cursos de escritura, de forma autodidacta…

No importa qué camino hayas escogido para hacerte con los fundamentos de la narrativa. Lo esencial es que comprendas que para aprender a escribir… ¡hay que escribir!

Escribir en el contexto de la escena

Yo siempre aconsejo a mis alumnos que cuando practiquen técnicas de escritura lo hagan en el contexto de la escena. ¿Por qué? Porque una escena es un compartimento estanco que tiene su propio inicio, su nudo y su desenlace. Una escena es una unidad narrativa que tiene sentido completo.

Se trata de un espacio delimitado que puedes controlar sin problemas. Un espacio en el que puedes poner en práctica todo tipo de técnicas narrativas. Y no importa si tienes mucha experiencia o muy poca. Sea cual sea tu caso, componer una escena constituye un ejercicio de escritura excelente.

Y lo es por muchos motivos. Cuando creas una escena realizas un ejercicio esencial: haces que tus personajes suban al escenario, haces que actúen, que se muestren ante el lector. ¡Juega con ellos!

Un desayuno en la cocina puede aportar muchísima información. Ya lo estoy viendo: se les queman las tostadas. A Marta, esto le sucede a diario. Alejandro se queja, porque el pan quemado produce cáncer y ella nunca se acuerda. Ella hace como quien oye llover: mete los platos sucios en el lavavajillas y le pide que ponga la lavadora antes de marcharse a trabajar. Y que saque al perro. Alejandro le propone quedar hacia las ocho en el centro, hacer algo juntos para variar. Marta le pide que saque la basura mientras se prepara una taza de café descafeinado. Alejandro se levanta de la mesa y se dispone a salir de la habitación. Marta arquea una ceja mientras le da un sorbito al café:

―Buenos días, ¿eh? ―Hay ironía en la pregunta y, también, temor.

―Vete a la mierda.

Como ves, hay tensión entre la pareja…

Esta sería una escena sobre la que podríamos trabajar muchísimos aspectos. Tenemos lo esencial, la información nuclear que constituye la base de la escena: tenemos a dos personajes que actúan en un espacio y un tiempo específicos. La tensión se palpa en el ambiente…

# Acotar la duración de la escena

Para que el ejercicio resulte productivo conviene acotar la duración de la escena a tres, cuatro o cinco párrafos. Una página estaría bien. Esto te ayudará a no dispersarte.

Imagina una situación en la que tus personajes aparezcan diez minutos sobre el escenario. Ya sabemos que el tiempo de la narración puede condensarse o expandirse, pero pensemos en tiempo real: ¿qué tipo de actividades puede realizar una pareja en ese tiempo? Discutir, fregar los platos, planificar la jornada, lamentarse del mal tiempo…

Y todo esto, lo harán mientras se mueven por el escenario. Si están sentados, desayunando, pueden leer el periódico, ajustarse las gafas, poner azúcar en los cereales… Estas cosas producen impresión de dinamismo y aportan credibilidad.

# Explicar versus mostrar

Controla a tu narrador. Nada de explicaciones extensas en este momento. Ahora toca acción. El lector observa a los personajes, está atento a lo que dicen, a la forma como lo dicen y a lo que hacen. El narrador se limita a mostrar al lector lo que ocurre en escena. Al menos, en este momento.

# Juega con la voz narrativa

Haz que el narrador cuente la historia en primera persona, luego en tercera, construye un narrador testigo… Vigila los errores: si narras en primera persona no puedes colarte en el pensamiento de los personajes, así que contempla la escena como un observador y habla sobre lo que ves.

Marta podría contarnos algo sobre lo que sucede…

Alejandro se levantó de la mesa. Parecía cansado. Sus ojeras, los hombros caídos, su rostro sin afeitar me decían que había pasado mala noche… Él pensó que yo había dormido como un tronco, pero la realidad es que no conseguí pegar ojo.

Fíjate: el narrador, en este caso, Marta, afirma que Alejandro pensó que ella había dormido como un tronco. Esto no es posible, porque Marta no puede saber qué piensa Alejandro. No tiene permiso para acceder a sus pensamientos. Cuidado, que es un error muy común.

Podemos solucionarlo modificando el discurso:

Alejandro se levantó de la mesa. Parecía cansado. Sus ojeras, los hombros caídos, su rostro sin afeitar me decían que había pasado mala noche… Sin mirarme siquiera, me recriminó que yo hubiera dormido como un tronco. Lo había deducido porque, según él,  me había pasado la noche roncando, pero la realidad es que no conseguí pegar ojo. Es un exagerado. Un mentiroso compulsivo que inventa la realidad que le conviene y luego se la cree.

# Juega con el foco

En muchas ocasiones, mostramos al lector los personajes desde una perspectiva excesivamente alejada. Es un error que cometemos a menudo cuando comenzamos a escribir.

Visualiza en tu mente la escena y narra lo que sucede desde puntos de vista distintos. Como si estuvieras viendo lo que ocurre desde la ventana de tu apartamento. Luego, acércate más: explica lo que ves cuando te sitúas junto a la puerta de la cocina. Ahora, acércate más todavía. Muestra al lector detalles que, de otro modo, le pasarían desapercibidos. Sitúate muy cerca de Marta, justo a su lado. Fíjate en su cuello: se observa un moratón. También tiene un cortecito en la comisura de los labios. Se nota que le duele, porque no vocaliza bien… Además, se ha olvidado del perfume. Su piel solo huele a limpio.

Ahora nos acercamos a Alejandro. Me aproximo lo suficiente como para comprobar que tiene un arañazo en la mejilla. Como estábamos demasiado lejos, no nos habíamos dado cuenta de que toma Lorazepam. Hay una receta de crónicos sobre el microondas: 50 milígramos…  Le tiemblan las manos cuando coge el vaso para llenarlo de agua del grifo. Tiene contusiones en los nudillos. Contusiones recientes.

Me acerco de nuevo a Marta. No me había dado cuenta de que no le quita el ojo de encima, aunque disimula. Vaya, se ha quitado la alianza. Ayer todavía la llevaba…

¿Lo ves? Cuando alejas y acercas el foco, muestras al lector detalles del escenario que, de otro modo, le pasarían desapercibidos. Son detalles específicos, cuestiones relevantes que nos aportan información sobre lo que pudo suceder.

# Combina distintos tipos de datos

Es lo más difícil. En una escena puedes proporcionar tres tipos de información: los datos nucleares son aquellos que muestran a los personajes en el aquí y el ahora: en un espacio y un tiempo específicos: En este caso, Marta y Alejandro están en la cocina de su casa, durante el desayuno. Parece que durante la noche han discutido. No sabemos qué ha ocurrido pero intuimos que ha habido violencia. Se palpa la tensión.

Podemos combinar la información nuclear con los datos secundarios. Podemos forzar un viaje al pasado y mostrar al lector qué sucedió la noche anterior para que comprendamos la conducta que ambos manifiestan durante la mañana (este tipo de información la incorporamos en forma de sumarios o resúmenes. En este momento, el narrador puede explicar en lugar de mostrar, pero de forma controlada).

También podemos forzar una pausa y describir elementos del entorno que nos permitan visualizar con claridad los espacios donde transcurre la acción. Hace frío, la ventana que da al jardín está abierta. El vecino está segando el césped, así que Marta se toma el café aspirando el aroma de la hierba recién cortada. Llueve. Poco, pero parece que irá a más.

Alejandro mira hacia el suelo. Nunca le gustaron las baldosas blancas y negras que recuerdan a un tablero de ajedrez. Odia la fórmica verde y los muebles baratos. Odia la vajilla de Duralex heredada del inquilino anterior. Y la puerta de la cocina, que todavía no han arreglado, las bisagras que rechinan, el olor a desinfectante…. Pero no está en su casa. Hace quince años que vive con Marta, pero nunca se ha sentido como en casa.

¿Ves? Así vamos creando densidad ambiental, vamos incorporando detalles que harán que el lector preste atención a lo que contamos, que experimente el deseo de saber qué pasará, qué fue lo que pasó, por qué los personajes han llegado a esta situación.

# Muestra a los personajes: voz, pensamiento, apariencia y punto de vista

En el contexto de la escena, también puedes proporcionar información sobre tus personajes. Las descripciones extensas no resultan necesarias, más bien son contraproducentes porque ralentizan mucho el ritmo del relato, pero puedes dirigir la atención del lector hacia detalles concretos. Por ejemplo, hacia la melena oscura y  rizada de Marta, que ya no brilla como antes. Hace tiempo que no se pinta las uñas, Nunca ha sido de maquillarse mucho, pero jamás salía de su casa sin aplicarse el antiojeras. Ahora, ni siquiera eso le importa… Tenía tantos planes. Le juró a su madre que jamás viviría sometida a los deseos de un hombre. Que sería independiente. ¿Qué le había ocurrido? ¿En qué momento había perdido el respeto hacia sí misma?

 

Y es así como, en el contexto de la escena, podemos ensayar distintas técnicas narrativas. Me encantaría que lo pusieras en práctica y que me explicaras cómo te ha ido.

¡Anímate!

 

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