# El atractivo del narrador omnisciente múltiple

La construcción de la voz narrativa plantea más dificultades de lo que en un principio parece. Yo aconsejo que, si empiezas a escribir, practiques las distintas posibilidades del narrador omnisciente múltiple. En el plano técnico, su construcción presenta pocas dificultades porque no tiene las limitaciones impuestas por los sentidos. Es la voz que todo lo sabe de todos. Es la voz que supera las fronteras del espacio y del tiempo para proporcionarnos información que solo él conoce.

Algunos autores rehúsan utilizar este narrador porque consideran que resulta demasiado neutro, excesivamente lejano, pero eso no es cierto. El narrador omnisciente múltiple nos permite acércanos extraordinariamente al plano de acción. Cuanto más cerca estemos, menor será la distancia emocional entre el narrador y el protagonista y, en consecuencia, entre el protagonista y el lector.

# El control de la distancia emocional: el arte de focalizar

En algunos momentos del relato, nos interesará mantener al lector a cierta distancia respecto al plano de acción, por ejemplo, cuando deseemos proporcionarle una panorámica general de lo que sucede en el escenario.

Rita contempla el paisaje desde la ventana de su despacho. En agosto, apenas circulan vehículos por la Diagonal. En la acera, a siete pisos de distancia desde donde ella se encuentra, vislumbra, a lo lejos, una fila de plataneros que presta su sombra a una joven que empuja un carrito. La brisa suave revuelve sus cabellos. A la altura de su mirada, en el edificio de enfrente, un hombre joven limpia los cristales de su balcón.

En este caso, el narrador omnisciente se coloca junto a la protagonista para ofrecer al lector una panorámica general del paisaje que esta contempla desde el plano de acción (su oficina). La distancia emocional entre el lector y el hecho narrado es grande. Ahora, la acortaremos. Haremos que el plano de acción se desplace hasta la acera. Nos acercaremos a la mujer que empuja el carrito para ofrecer un plano medio de la escena.

Rita teclea en su ordenador y, de tanto en tanto, contempla el paisaje. En la acera de enfrente, una joven empuja un carrito. Rita ha observado que se ha detenido para ordenar su melena. Si Rita pudiera acercarse a la joven lo suficiente, observaría que revuelve en su viejo bolso de tela, buscando una goma con la que hacerse una coleta. Un niño de unos dos años, muy rubio, duerme relajado con el chupete en la mano. Se le ha caído el mono de trapo que lo acompaña durante su siesta; su madre lo recoge del suelo y lo guarda en el bolso; saca un biberón, una servilleta de paño blanco y lo agita mientras empuja el carrito hasta alcanzar el banco de piedra que la espera, vacío, en la esquina.

Como ves, hemos desviado el foco para que el lector pueda prestar atención a un detalle que todavía no hemos desvelado. Todavía no estamos lo suficientemente cerca. Aproximemos la lente un poco más para conseguir un primer plano.

Rita teclea en su ordenador y, de tanto en tanto, contempla el paisaje. Una joven empuja un carrito. Rita ha observado que se ha detenido para guardar un objeto en un bolso (desde la distancia, no distingue con claridad que se trata de un monito de peluche). Si Rita pudiera situarse junto al niño, observaría que parece profundamente dormido. Lleva puesta una camisetita rosa de punto, de tirantes, un pantalón a juego y unas sandalias.

El chupete se ha resbalado de su boca a su regazo y su cabeza rizada, distendida, reposa, ahora sobre el respaldo de la sillita. Nos acercamos todavía más. Una mosca se ha posado en su mano regordeta. Lleva un nomeolvides de oro, muy finito, y unos pendientes chiquitines: dos corazoncitos dorados. A pesar de que el insecto revolotea a su alrededor, el niño no se inmuta.

Ahora nos acercaremos todavía más. Ofreceremos al lector un primerísimo primer plano (llamado también, plano detalle). Situaremos la lente justo ante la mirada del niño. Solo vemos su cabecita y parte de su cuello. ¿Te has situado? ¿Te has situado frente al niño? ¿Notas su olor a nenuco?

No nos habíamos fijado. Todavía estábamos demasiado lejos… pero fíjate en sus labios. Me preocupa el color azulado, muy leve todavía. Me preocupa la palidez extrema y el brillo frío de su piel. Coloca la palma de tu mano debajo su nariz. Lo que me temía: el pequeño no respira. No exhala aire. ¿Lo has notado? Los ojos, no están cerrados del todo. Ahora puedo verlo. Están entreabiertos. Sus largas y abundantes pestañas y la distancia nos impedían ver que las pupilas están totalmente dilatadas…

Ahora, regresemos, de nuevo, al plano general. Muévete hacia atrás, atrás, hacia arriba, hacia la ventana de la oficina…

Rita contempla el paisaje desde la ventana de su despacho. En agosto, apenas circulan vehículos por la Diagonal. En la acera de enfrente, vislumbra, a lo lejos, una fila de plataneros que presta su sombra a una joven que empuja un carrito. La mujer avanza hacia un banco de piedra situado en la esquina de la calle.

A la altura de su mirada, en el edificio de enfrente, un hombre joven limpia los cristales del balcón. De pronto, la mujer se detiene, toca al crío, lo agita, grita, lo coge en brazos y lo sacude mientras pide ayuda y una ambulancia. Algo se le ha caído al suelo. Desde la distancia parece una botella de leche o, quizá, un biberón.

El hombre que Rita observa desde el balcón saca el móvil del bolsillo y efectúa una llamada. El trapo del polvo se desliza de la barandilla y cae con lentitud al pavimento. Un corro de transeúntes se acercan a la mujer que abraza al niño, inerte, y llora desesperada. Se escuchan sirenas que se acercan…

Como puedes ver, a medida que acortamos la distancia entre el narrador y el hecho narrado, aumenta la empatía que el lector experimenta hacia los personajes de la historia, disminuye la distancia emocional y, por tanto, aumenta su interés en el relato.

# El narrador, un personaje más

El narrador es un personaje más. Así que, como haríamos con cualquier otro, tenemos que dotar a su voz de personalidad. Cuando se comunica con el lector, tiene que hacerlo desde su propia visión del mundo, que no necesariamente coincidirá con la de su creador. De hecho, cuanto más se aleje, más atractivo resultará.

Recuerda: la voz narrativa establece el tono de la narración. Es la voz que susurra al lector lo que está sucediendo; es quien lo acompaña en todo momento. De su atractivo dependerá, en buena medida, que el relato resulte un éxito.

Cuando procedas a la composición de escenas, juega con el narrador. Establece el foco en lugares distintos y comprueba cómo repercute el cambio en las sensaciones que experimentas hacia la lectura.