¡Me opongo!

Sabemos que el lenguaje es una herramienta viva, en constante evolución. Una herramienta que se adapta a las nuevas realidades, que recoge influencias de muy diversa índole.

Pero… ¿no tienes la impresión de que hay términos que, adaptados a los nuevos tiempos, chirrían?

A mí me pasa con la palabra albóndiga. Recuerdo que, cuando éramos pequeñas, mi abuela nos decía: nenas, hoy tenéis almóndigas. Y una tía mía las llamaba mondonguillas, término que alude al catalán mandonguilles.

En fin. Tengo que confesar que no me adapto. Reclamo mis albóndigas, las de toda la vida. Cuando pronuncio la palabra almóndiga, me viene a la mente la pelotilla suculenta, rotunda, generosa de mi madre. Me trae recuerdos felices de una infancia vestida de olores y sabores cocinados a fuego lento.

Pero, lo siento, mamá, me quedo con albóndiga, aunque la RAE te dé su bendición.

Nuria Penín

 

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