Se conoce como navaja de Ockham al principio desarrollado por el fraile franciscano inglés Guillermo de Ockham, que vivió entre los siglos XIII y XIV. Es un principio filosófico bastante cuestionado, pero aceptado todavía por muchos.

Según este principio, en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable. En otras palabras, la pluralidad no debe articularse sin necesidad, es decir: a una situación problemática no deben buscarse más alternativas de las estrictamente necesarias.
Sin duda es un concepto polémico, dado que históricamente se ha llegado a utilizar para defender posiciones tan absurdas como la creacionista. Pero su influencia en el campo del psicoanálisis, la filosofía o la economía es innegable. Tampoco el mundo de la literatura ha permanecido ajeno: sin ir más lejos, Umberto Eco se inspiró en Guillermo de Ockham para construir el personaje del monje protagonista en El nombre de la Rosa.

Pero ¿podríamos aplicar este principio a la construcción de una novela? Si, de todas las opciones posibles, escogemos la más sencilla para componer nuestra historia, al lector le resultará demasiado sencillo predecir el devenir de los acontecimientos y perderá todo interés, pero tampoco resulta recomendable enrevesar demasiado la trama. Conviene buscar un buen punto intermedio: tratar al lector como al adulto que es y proporcionarle una historia inteligente que pueda comprender sin problemas.

Cuando escribimos una novela corremos dos riesgos: puede ser que el lector termine el libro y piense que la lectura le ha dejado indiferente o que le haya resultado un desafío que no ha conseguido descifrar: demasiado compleja, no me he enterado de nada.
En literatura, la clave está en sorprender, en causar intriga. Así es como incentivamos al lector para que siga leyendo. En una época en la que los libros tienen que competir con Netflix y el cine, lo peor que le puede suceder a un autor es que sus novelas aburran.

Para el público actual resulta sencillo reconocer el esqueleto que subyace a esas historias que ya ha visualizado y leído mil veces, aunque se las contemos de manera distinta, así que tenemos que ser capaces de aportar algo más. Tenemos que encontrar un modo peculiar, muy particular, original, de contar una historia de manera que nos defina.

Y en lo que se refiere al uso del lenguaje, lo más sencillo tampoco tiene que ser siempre lo adecuado. Dependerá del público al que la obra se dirija. Hay escritores que han alcanzado el éxito evitando las descripciones complejas para proporcionar mayor libertad a la imaginación del lector, pero, otros, prefieren las descripciones prolijas para que el lector visualice la escena tal y como ellos lo hicieron durante su concepción. Prestemos atención a las descripciones de alimentos realizadas por George RR Martín en la popular saga Canción de Hielo y Fuego. Su escritura es tan detallada que ha posibilitado que otros autores escriban libros de cocina basados en los platos que se describen con detalle en su obra.

No renuncies a la complejidad dentro de unos límites razonables. Presta atención al detalle, aunque pienses que el lector podrá prescindir de algún párrafo sin que ello afecte a la comprensión de la obra. Sé valiente. Puedes publicar tomos densos o libritos breves, según requiera la historia que quieres contar. En todo caso, que nadie decida por ti.

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