Me gusta pensar que, como indica Mateo Coronado en su obra Escribir, crear, contar, las historias no se terminan, se abandonan. Cuando la puerta se cierra para nosotros, los personajes continúan con sus vidas. Esa la impresión que un buen cierre transmite al lector.

La última escena es tan importante como la primera porque es, quizá, la única que permanecerá en nuestra memoria al finalizar la lectura. Adela entra en el salón. El costurero de su madre permanece abierto junto a la ventana; la última labor muestra los capullos de un cerezo en flor. La joven se acerca, pasa los dedos limpios sobre las puntadas diminutas y cierra el cestillo. Se da cuenta de que ya no hace frío. Suspira. Contempla el jardín por última vez y cierra la ventana: unas gotas de lluvia han humedecido el bordado. Corre la cortina y la sala queda en penumbra. Está preparada para marcharse.

Puede ocurrir que, en la última escena, el único personaje que permanezca en el escenario sea el narrador. Es posible que pretenda llamar nuestra atención sobre un detalle que nos había pasado desapercibido. Es posible que nos ofrezca argumentos que nos faciliten la comprensión del sentido global del relato o que nos invite a la reflexión.

Para ilustrar el tema he seleccionado un fragmento de un relato de Virginia Wolf, Al faro. Fíjate en la elegancia, la sutileza que la autora imprime a la última escena. Cuando pone el punto y final, el lector recibe dos impresiones: la primera, que ya no queda más por decir. La segunda, que, durante un tiempo, se nos ha concebido el privilegio de espiar sus movimientos. Para nosotros, ese privilegio finaliza en este momento pero, para la protagonista, la vida continúa…

«Rápidamente, como si algo le hubiera llamado, se volvió hacia su lienzo. Allí estaba su cuadro. Sí, con todos los verdes y azules, con las líneas que subían y que lo cruzaban, intentando lograr algo. Lo colgaría en el ático, pensó; se desharían de él, pero ¿qué importancia tenía?, se preguntó tomando de nuevo el pincel. Miró los escalones: estaban vacíos; miró su lienzo: resultaba borroso. Con repentina intensidad, como si lo viera con toda claridad por espacio de un segundo, trazó una línea en el centro. Estaba hecho, acabado. Sí, pensó, abandonando el pincel, presa de la fatiga, he tenido mi visión».

Al faro (1927), Virginia Woolf

En: Escribir, crear, contar