Sobre personas que publican libros y aquellas que los escriben

¿Es, el editor, una figura prescindible?

Parece que sí. La tecnología posibilita, hoy en día, que un autor produzca sus propias obras, las distribuya y las difunda. ¿Por qué recurrir a un editor para que este haga lo que puede hacer por sí mismo?

Publicar un libro con una editorial, si no eres un best seller, no resulta rentable. Muchos editores piensan que, al incluir una obra en su catálogo, el autor recibe una compensación suficiente. ¿Está perdiendo el escritor el respeto hacia sí mismo?

Antes, los roles estaban bien delimitados. El escritor escribía, ese era su trabajo y su responsabilidad, que no es moco de pavo. El editor realizaba una selección de las obras que recibía atendiendo a criterios de calidad. Publicaba una obra porque creía en ella y en el talento de su autor. Por eso invertía en su producción, difusión y distribución: ese era su trabajo y su responsabilidad.

Ahora, para publicar una obra, el escritor tiene que escribirla, en muchas ocasiones, costear parte de los servicios editoriales y adoptar una postura activa en la difusión. ¿No es esto un abuso?

Para decidir si un autor necesita de un editor para desarrollar su carrera profesional, tenemos que preguntarnos lo siguiente:

¿Es necesario, hoy en día, publicar bajo el paraguas de una editorial

para conseguir notoriedad y autoridad?

¿Puede un escritor conseguir esto por otros medios?

Está claro que, a un buen autor de ficción, le resulta mucho más rentable emprender. Muchos profesionales lo hacen en este país y viven de su oficio. Un escritor emprendedor tiene las mismas posibilidades de vivir de su trabajo que cualquier otro profesional, por mucha competencia que haya. Es cuestión de creer en uno mismo, de apostar por la calidad y de tomar las riendas del propio desarrollo profesional.

Es posible que esta clase de editores resulte prescindible, porque poco aportan al escritor y es mucho lo que le exigen. Otra cosa son los editores independientes y los de mesa, que miman a sus autores, celebran las ventas razonables y apuestan por el talento. Son profesionales que trabajan en equipo, como se hacía en los buenos tiempos de la edición tradicional. Son profesionales que acompañan a los autores durante el proceso de reescritura, que asumen riesgos, que comparten con él la pasión por el trabajo bien hecho para conseguir una experiencia de lectura mejor.

Creo que, como no cambien las cosas,  llegará un día, más bien pronto que tarde, en el que diremos: El editor ha muerto, ¡viva el editor!